Archivo de la categoría: Arte y literatura

Luis Buñuel

José BORRÁS

Luis Buñuel

Luis Buñuel

Luis Buñuel fue, sin duda, uno de los más fecundos y destacados cineastas de nuestro tiempo. Y, como ocurrió frecuentemente en España con sus hombres más ilustres, tanto en las letras, la ciencia o en el arte, su valor fue descubierto, no en España, sino en el extranjero, donde residieron muy a menudo. Poco más o menos, es lo que ocurre con Buñuel, de cuya importante obra y personalidad intentaré trazar un breve perfil, para las páginas de Polémica.

En los albores de nuestro siglo, tras un periodo de ausencia, sus padres vuelven a Calanda, pueblo del Bajo Aragón. Allí nace Luis Buñuel, el 22 de febrero de 1900, en un caserón perteneciente a la familia Ram de Viu, que habían alquilado, mientras terminaba de construirse la casa que ellos decidieron edificar en el mismo pueblo.

Luis Buñuel pasa su infancia y su juventud entre Calanda, Zaragoza y Madrid. Mozo ya, salió para el extranjero, a Francia, en primer término. Se casó y tuvo dos hijos: Juan Luis, nacido en París en 1934, con nacionalidad francesa, y Rafael, que nació en julio de 1940 en Nueva York, con nacionalidad americana. Ya mayores, los dos se dedicaron, como su padre, al cine y al teatro. Sigue leyendo

Hans Magnus Enzensberger, Durruti y Bakunin

Francisco Carrasquer

Hans Magnus Enzensberger

Hans Magnus Enzensberger

He aquí a un poeta alemán que debería ser más conocido de los españoles, siquiera sea por lo bien que él nos conoce, por no decir nos quiere, que el amor es el conocimiento supremo.

Complacencias chauvinistas aparte, Hans Magnus Enzensberger se merece ser más conocido porque está muy lejos de encarnar los defectos arquetípicos del intelectual y más aún del poeta clásico o romántico. Enzensberger no es un hombre retraído ni recoleto, sino muy enterado de la actualidad universal, muy empapado de las grandes culturas y que se mueve con la misma desenvoltura en temas sindicalistas, como en la problemática de los mass media, desde el periodismo a la televisión y que al mismo tiempo es capaz de irse a una isla griega a profundizar una idea, como venirse a Barcelona o a Madrid para actuar en un jurado de premio literario. En suma, es una cabeza de aquellas que Ortega y Gasset llamaba claras, como pocas, sostenida por un corazón con tan múltiples registros como un órgano barroco. Pero ahora y aquí me gustaría acercar a Enzensberger a nuestro mundo libertario por dos de sus obras: una novela sui generis sobre Durruti y un poemario en el que figura una larga balada dedicada a Bakunin. Sigue leyendo

Jules Vallés, destructor de mitos

Víctor ALBA 

Jules Vallés

Jules Vallés

En 1871, cuando se proclama en París el poder popular de la Commune, los escritores que se consideraban de izquierdas, lanzan resmas de lodo sobre los artesanos y pequeño burgueses parisienses que se atreven a querer mandar en su ciudad.

Anatole France, el satírico anticlerical; el Zola de Germinal, la Georges Sand feminista; Flaubert, el revelador de las flaquezas burguesas, claman contra la Commune.

Esto tiene, cuando menos, una virtud: hacernos ver que los intelectuales que se creen de izquierdas, cuando llega la hora de la verdad, se ponen al lado de los poderosos y los represores contra el pueblo.

La Commune es uno de los grandes mitos de la historia del movimiento obrero. Un mito que ha causado más mal que bien, porque, como todos los mitos, aleja de la realidad y, por lo tanto, aleja del momento del triunfo.

Pero alguien no se dejó engañar por el mito y, sirviendo a la Commune con todas sus fuerzas, sirvió al mismo tiempo a la verdad.

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El arte anarquista catalán de finales del siglo XIX

Lily LITVAK

FOTO 003Al abordar este tema debemos hacer notar la gran importancia que los anarquistas concedían al arte y la literatura. Estaban empeñados en lograr un arte proletario; para ellos, la revolución artística era tan importante como la social, pues por medio del arte, de la literatura y de la ciencia, se guiarían los destinos humanos hacia su redención. Ese arte debería surgir del proletariado, ser producto de obreros y campesinos que no fuesen artistas profesionales, pues en la síntesis estética política-social que los anarquistas querían llevar a cabo, pretendían destruir el status de la obra de arte como goce privativo de las clases pudientes y como producto exclusivo de artistas profesionales. Intentaban otorgar el derecho de gozar y de crear obras artísticas a todo individuo, volviendo el arte a sus raíces populares.

A pesar de que se apreciaba la obra de ciertos artistas consagrados, el dibujante libertario típico es un hombre común, obrero o campesino, que hace su obra en algún momento movido por su impulso social. Estas obras artísticas poseen un carácter y valor especial que derivan justamente del acto creador, y dan el tono fundamental a la estética ácrata. Hay un rechazo de la perfección formal que viene de considerar primordialmente al arte como experiencia, oponiendo como contrarios el arte que se crea al arte que se recibe. Se tiende a considerar a cada individuo como un creador en potencia, y al artista que hace de su arte un oficio, un símbolo de la sociedad clasista.

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El socialismo se George Orwell

Ángel J. CAPPELLETTI

George Orwell

George Orwell

George Orwell, cuyos inicios literarios nos remiten a una colección de «versos cristalinos» y a «la densa y elaborada prosa de la novela Burmese Days un tanto decadente y con su punta de naturalismo a la Huysmans» (según expresión de Giorgio Monicelli), se convirtió en época bastante temprana de su vida en un escritor socialista.

En Down and Out in Paris and London refiere con desenfado y no sin un grano de humor sus experiencias entre el «lumpen» y entre los trabajadores más explotados de las grandes urbes (lavaplatos, cocineros, etc.). En Keep the Aspidistra Flying narra las angustias del joven poeta Gordon Comstock, que aborrece el dinero y al mismo tiempo se ve obligado a perseguirlo sin cesar, que sufre por su pobreza pero se resiste a integrarse en la sociedad burguesa mediante un good job.

El amplio ensayo The Road to Wigan Pier analiza, con estilo colorido pero con rigor que llamaríamos sociológico, si esto no fuera entre nosotros sinónimo de aburrida minuciosidad, las condiciones de vida y de trabajo de los mineros ingleses de los años treinta. Por momentos uno cree encontrarse en estos libros con esa interpretación «economicista» del marxismo tan frecuente, a principios de siglo, entre los socialistas que no habían podido sustraerse al positivismo y al cientifismo mecanicista. Pero esto tiene una fácil explicación en la crisis económica iniciada en 1929, con su secuela de desocupación, pauperismo, bajos salarios, guerras coloniales, etc.

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La gran posteridad del precoz Julio Verne

Francisco CARRASQUER
Julio Verne

Julio Verne

El escritor francés Jules Verne nació e18 de febrero de 1828 en Nantes (departamento de la Loire Atlantique, antes de la Loire Inférieure, pero los nanteses lograron cambiar este adjetivo que les parecía denigrante por el bonito del mar al que va a desembocar su río iy todos felices!). La ciudad de Nantes la conozco muy bien por haber vivido en ella más de dos años (1939-1942). Ciudad portuaria de muy activa industria y más activo comercio, con el antepuerto de Saint Nazaire forma el primer conjunto portuario de la Francia atlántica. La aglomeración nantesa tiene una población muy cercana al medio millón de habitantes. Es famoso en la historia de esta ciudad el célebre «Edicto de Nantes», documento firmado en esta capital el 13 de abril de 1598 por Enrique IV (aún se conserva el palacio de este rey) para garantizar una concordia duradera entre católicos y hugonotes (que así se llamaron los calvinistas en Francia), pero este edicto no satisfizo plenamente a los católicos y después de diversos conflictos fue revocado en octubre de 1685 por el Roi-Soleil, Luis XIV.

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Sacco y Vanzetti. El anarquismo visto desde el cine

Pepe GUTIÉRREZ-ÁLVAREZ

sacco_vanzettiNiccola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, dos emigrantes italianos en Estados Unidos en la década de 1920. Obreros y militantes anarquistas, les tocó vivir en una sociedad sometida a una clase dirigente conmocionada por la revolución soviética, que consideraba a cualquier obrero como un peligro inminente, más aún si era extranjero y anarquista. Su destino fue la silla eléctrica.

Cuando fue estrenada a finales de los años setenta, Sacco y Vanzetti (Italia, 1971) suscitó tanto interés como habían causado otras películas importantes del llamado «cine político», como La batalla de Argel o Z, que tuvieron un éxito impresionante en Francia, donde un comentarista consideró que eran «retumbos del mayo del 68».

Durante mucho tiempo el «cine político» careció de posibilidades en el mercado, salvo en momentos coyunturales como antes de la «Gran Guerra» en Hollywood (La huelga obrera de Intolerancia es su capítulo más célebre), con la victoria del New Deal (Las uvas de la ira, de John Ford), o al principio de la Segunda Guerra Mundial con los alegatos antifascistas e incluso socializantes de Fritz Lang, Alfred Hitchcock, y otros). Claro que estas películas, así como las obras más radicales del cine negro, o las películas liberales de denuncia, se atienen a unos presupuestos que en ningún momento cuestionan el «sueño americano» y dan por sentado que si existe un mundo mejor, ese es el que ofrece la democracia norteamericana. El éxito de Costa-Gravas, Resnais, Boisset y otros, mostraron que era posible otro tipo de cine más radical y anticapitalista y que, además, tenía su público.

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Margarita Xirgu: un mito olvidado

Antonina RODRIGO

Margarita Xirgu

Margarita Xirgu

Apenas sorprende a nadie el escaso interés, cuando no la indiferencia o el olvido, que suscita en las actuales generaciones el conocimiento de singulares personajes del pasado que, en razón de su actividad artística, e incluso de sus mismos orígenes, fueron románticos arquetipos y hasta mitificados ídolos del sentimiento y la sensibilidad populares.

Y no hay que cargar ese negativismo a la aparente frivolidad o materialismo de una juventud a la que se quiere mantener interesadamente en una indiferencia despersonalizadora. La ruptura, tantas veces comentada, del eslabón generacional entre las gentes que vivieron la guerra y quienes hoy rondan el cuarto de siglo, ha dificultado la normal transmisión, a través de los cauces naturales y espontáneos de la relación familiar, societaria o lúdica, conducentes a fomentar un espíritu de colaboración y emulación cooperadora. Bien cierto que hoy también existen héroes, ídolos y seres fabulosos, adobados con sofisticados y aniquiladores artilugios, y siempre impulsados por una rivalidad destructora, sin más motivación que la de afirmar una a veces pírrica superioridad. Sigue leyendo

A tiro limpio. El anarquismo visto por el cine del franquismo

Pepe GUTIÉRREZ

Durante la dictadura franquista, una implacable y frecuentemente grotesca censura obligó al cine español a doblegarse a los criterios del régimen. La glorificación del ejército vencedor y la apología de las ventajas de la era de paz y orden surgida de la guerra civil (o «cruzada de liberación») se compaginaban con la imagen de una España republicana sumida en la miseria, el caos y la violencia. A los anarquistas les tocó el papel de terroristas, dispuestos siempre a lo que fuera con tal de destruir los cimientos de la civilización. Sin embargo, en ocasiones, algunas visiones críticas lograban burlar la vigilancia de los censores, o aprovechar su estupidez.

Mariona Rebull

Mariona Rebull

No es necesario decir que durante el franquismo no hubo manera de ver una película donde se diera una visión más o menos positiva del anarquismo, como no fuera bajo el prisma más bohemio e inocente, como en el caso de algunas de las películas más valiosas de Luis García Berlanga, que muchas veces se ha autodefinido como un «anarquista conservador», un espíritu que ciertamente impregna aunque sea tenuemente títulos tan sugestivos e inclasificables como Calabuch (1956). Pero casos como el de Berlanga forman parte de una rotunda excepción, tanto en calidad cinematográfica como humana, en tanto que la práctica totalidad del cine afecto al régimen al anarquismo (como al comunismo, concepto que no requería de mayores matices) se le atribuía las más turbias y aviesas connotaciones libertinas –y, por supuesto, terroristas–, cuando no la instigación de crímenes perpetrados por agitadores que podían cometer toda clase de atropellos, aunque no faltaban los que –al final– se arrepentían, sobre todo cuando había milagro de por medio, como ocurría en La señora de Fátima (1951). Sigue leyendo

La Compañía de Teatro del Pueblo. Un ensayo de teatro revolucionario en 1937

Francesc FOGUET

«Vosotros la traicionáis poco a poco…, cada día… , a cada hora… No sólo con vuestros planes…, los planes de un estado incipiente… , sino con vuestras maneras y aspavientos…, con vuestro sistema, con vuestras espuelas y galones…»

¡Venciste, Monátkof! (lrina, Acto III, Escena 2)

178139_cntpresentafoUna de las iniciativas más interesantes del Sindicato de la Industria del Espectáculo (SIE) de la CNT, en tiempos de guerra y revolución (1936-1939), fue la creación de la Compañía del Teatro del Pueblo (verano de 1937). La dirección del proyecto se puso en manos del anarquista argentino Rodolfo González Pacheco con la intención de marcar nuevos rumbos en la escena española y, al mismo tiempo, convertirse en la síntesis de una epopeya similar a la vivida en las calles de Barcelona.1 González Pacheco era ampliamente apreciado por su labor revolucionaria dentro y fuera del teatro y gozaba de una buena reputación en el anarquismo catalán desde los tiempos del Noi del Sucre y su dirección de Tierra y Libertad durante los primeros años diez. Así, ultimados los preparativos, la noche del domingo del 18 de julio de 1937, primer aniversario de la Revolución, la compañía representó la obra ¡Venciste, Monátkof!, de Ignacio Steimberg,2 con traducción de Cristóbal de Castro, dirección escénica de Guillermo Bosquets y escenografía del pintor Gustavo Cochet, en el Teatre Circ Barcelonés. Este ensayo de «teatro experimental» respondía a la necesidad de aquietar las críticas que el sindicato había recibido por parte de diversos sectores contrarios a la socialización de los espectáculos. Con la presentación de la obra de Steimberg, el SIE pretendía, de hecho, ofrecer una alternativa escénica renovadora que sirviera de prueba y de trampolín, y afianzar sus posiciones en unos momentos particularmente críticos, ¡después de los acontecimientos de mayo del 37! Sigue leyendo

La Ithaka de Kavafis

Francisco CARRASQUER

121trirreme2Constantinos Kavafis (o Cavafis y aun Kavafy) es un poeta griego de lengua, nacido en Alejandría (Egipto) el 17-4-1863 y muerto en Atenas el 29-4-1933. Es uno de los poetas más universalmente reconocidos del griego moderno (o neohelénico), sobre todo desde la II Guerra Mundial y a partir de las traducciones hechas de su obra al inglés (1951), al francés (1958), al alemán (1955), al italiano (1961), al neerlandés (1962) y al español (1973), entre otros. En la misma Grecia no fue conocido hasta la publicación de su poesía completa en 1935.

Hay que decir que Kavafis es uno de los grandes pioneros asentadores de la lengua demótica. Sabido es que a principios de siglo todavía se libraba la batalla entre los partidarios de la lengua Kazarévusa, que se arrogaba el título de heredera universal del griego clásico, y la Dimitikí (o el demótico), que parte de la koiné establecida por el uso popular desde Alejandro Magno y en el que se escribieron los evangelios (no la koiné que impuso el Ática para acabar con el período prehelénico dialectal a partir del siglo IV a.C. que es, precisamente el origen de la Kazarévusa). El demótico triunfa al fin con los espaldarazos de los grandes poetas (porque su triunfo se lo debe a los poetas y no a los prosistas), tales corno un Palamás (1859-1943), un Sikalianós (1884-1951) y el mucho más conocido para nosotros Katzantzakis (1883-1957). Por lo que toca a Kavafis era ya un predestinado a ser promotor del demótico, por ser autor siempre cercano al pueblo, si bien hay que decir que empleó un demótico sui generis, sobre todo en su segunda época: por un lado intercalando alguna fórmula kazarevusiana y, por otro, introduciendo nuevos giros de su invención; lo uno para ponerle color temporal a sus evocaciones clásicas y lo otro para ponerle mayor expresividad a su complicidad lingü̈ística con el pueblo. Pero esto aparte, hay otros determinismos: en primer lugar su condición de bilingü̈e, ya en sus primeros años de vida en Alejandría, formando parte de la colonia griega y, por lo tanto, de su lengua anatópica con sus tics y reliquias de la antigua lengua de la metrópoli, algo así como podría decirse de los sefardíes en Salónica; y en segundo lugar, su carácter llano que imprime su sello en el estilo literario. Sigue leyendo

Éluard, Dalí y Machado

Francisco CARRASQUER

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Paul Éluard

Ahora que ha ido tanto en lenguas y traído en prensas Salvador Dalí, aunque sea de rechazo también ha salido a relucir Paul Éluard, a quien le birló la novia El Divino. Si traernos hoy a colación a Éluard, lo hacemos corno valor de contraste frente a nuestro Antonio Machado, de quien se cumple este año el cincuentenario de su muerte.

Éluard es muy francés, pero de lo francés típicamente flojo: enfermizo, entre cursi y delicado, de corto aliento y disimuladamente mimético; casi niño bonito y, desde luego, niño mimado del grupo superrealista capitaneado por André Breton. Creo que si no hubiera sido tan amigo de aquel equipo: Breton, Aragón, Soupault, Picabia, Lance, Desnos, Péret, etc., no se habría hablado de Éluard. Por si fuera poco, resonó su nombre bajo la bóveda de cristales rotos de nuestra guerra civil y sus prestigiosos ecos internacionales en aquel Congreso de Valencia de 1937 que con tanto bombo y platillo hicieron atronadores los estalinistas de la hora. Y, en fin, como ya apuntábamos, tuvo la dudosa suerte de haber sido «desgalanado» por el genio de Figueras que, como el Cid, ha ganado su última batalla después de muerto. Sigue leyendo

Cesar Vallejo: entre la libertad y la muerte

Francisco CARRASQUER

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El peruano César Vallejo (Santiago de Chuco, 13/3/1892–París, 15/4/1938) es un poeta formalmente único. Y no sólo en lengua española, sino posiblemente en todas las lenguas. Tan conceptista como el primero (¡y cuidado que hemos tenido conceptistas geniales, Quevedo en cabeza!) y tan expresionista como el que más (lo de un Miguel Hernández son chispitas al lado de este restallar continuo y retardado de centellas y rayos, truenos y retumbos vallejianos); y hasta más impresionista que el mismo maestro inter pares Valle Inclán, superior en otras cosas, desde luego. Pero es que para hablar de la obra de Vallejo habríamos de inventar una terminología estilística idónea. Lo pasamos por el dadaísmo, el futurismo, el ultraísmo, el creacionismo y el superrealismo –por no hablar ya de simbolistas y parnasianos anteriores– y todo se nos queda corto o incompleto. En César Vallejo hay, para empezar, realismo, ¿qué digo, realismo?: naturalismo acérrimo, pero un naturalismo que choca con sus contrarios: romanticismo y culteranismo, los cuales, a su vez, se pegan con los vanguardismos ya nombrados cuando menos te lo pienses. ¿Será acaso un ecléctico, César Vallejo? ¡Horror de los horrores! ¿César Vallejo ecléctico? El ecléctico pesa y sopesa; tría y escoge entre lo que cree mejor; pero CV es incapaz de todo eso, incluso ni sabe lo que es eso de mejor, estéticamente hablando. La estilística no ha llegado más que a las ramas, hasta CV Con CV hay que llegar a las raíces. y no sólo eso. Lo original, sin asomo de posible emulación, en CV, es que combina ramas con raíces, hojas con tocones, troncos con vástagos al pie. Es un árbol de árboles en las más arbitrarias recomposiciones de sus partes y especies. Porque, no sólo resulta difícil por sus combinaciones imprevisibles de componentes de una unidad o conjunto, sino sobre todo por el ensamblamiento sorpresivo de géneros poéticos y familias de estilo de diversa especie. En un mismo poema podemos encontrarnos con neologismos y arcaísmos, vulgarismos y cultismos, giros clásicos y barbarismos atroces. Esto en cuanto a la terminología, que en lo que a asuntos de preceptiva respecta, también podemos tropezarnos (tropezar es la palabra) con un arrebato lírico detrás de una andanada épica, o con un flagrante prosaísmo delante de una exquisitez rococó… Sigue leyendo

Lizano, galeote de la nave literaria

Miguel ÍÑIGUEZ

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De apariencia y de esencia. Así podríamos calificar a los escritores. Lizano campa entre los segundos. Jesús Lizano es un poeta, un poeta por naturaleza y por destino. Conviene decirlo porque de otro modo las sumas serían restas. Algunos lo emplazarían en el territorio de los poetas de combate, redivivo León Felipe, renacido Rafael Alberti. No negaré que parcialmente sea así, pero si quebramos la corteza de las palabras lo intuyo más próximo a Hölderlin: la función del poeta es transmitir a la gente las profundidades de la naturaleza, porque el poeta es la persona de extremada sensiblidad capaz de sentir los latidos de aquélla, encargado de comunicar  a la colectividad lo profundo de la naturaleza. La función del poeta consistiría en convertir los oscuros signos de la naturaleza en palabras comprensibles, en enhebrar Humanidad y Naturaleza, más que Sociedad y Humanidad. Mi impresión es que cuando Lizano escribe que lo importante no es el poeta sino su obra, que la obra lo ha escogido, que es mero recipiente, que es muy inferior a su obra, que es un servidor de la poesía, se sitúa en esa línea y por lo mismo adquiere un sentido épico notabilísimo. Un épico romántico. Léanse sus obras completas compendiadas con el nombre de Lizania y la reciente Antología publicada en Virus. Sigue leyendo