Archivo de la categoría: Anarquismo en América

El sindicalismo mexicano. Orígenes, apogeo y decadencia

Víctor GARCÍA

La solera sindicalista en México se remonta a mediados del siglo XIX y ya en 1853 existe en la capital una Sociedad de Auxilios Mutuos, cuatro años antes de la célebre Constitución de Juárez. Fue también a mediados del siglo XIX que Ignacio Ramírez, El Nigromante, afirmaba que «El grande, el verdadero problema social, es emancipar a los jornaleros de los capitalistas. Esta operación exigida por la justicia asegurará al jornalero no solamente el salario que conviene a su subsistencia, sino un derecho a dividir proporcionalmente las ganancias con el empresario… En vano proclamaréis la soberanía del pueblo mientras privéis a cada jornalero del fruto de su trabajo».

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Orígenes del movimiento obrero en Paraguay

Ángel J. CAPPELLETTI

Rafael Barrett

Rafael Barrett

Paraguay es el más aislado y remoto de los estados latinoamericanos. Conspiran a ello su geografía, que lo condena a inevitable mediterraneidad, y su historia, que se inicia casi con la larga dictadura misoneísta del Dr. Francia. No por eso han dejado de manifestarse en él muchas de las corrientes ideológicas y de los movimientos sociales que se desarrollaron en los países vecinos. Las ideas socialistas y anarquistas, llegadas con la emigración europea pero, sobre todo, a través de periódicos y libros publicados en la limítrofe Argentina, originaron en las últimas décadas del siglo XIX las primeras organizaciones obreras y las primeras sociedades de resistencia.

La economía paraguaya, eminentemente agrícola-forestal, estaba centrada durante el siglo pasado en la explotación de la yerba mate y de la madera. El dictador López, en su afán de lograr la independencia económica del país, se esforzó por crear una industria nacional y por tender vías férreas. El desastre nacional que significó la guerra de la Triple Alianza trajo consigo un predominio del capitalismo extranjero, una creciente concentración de la propiedad territorial, y la formación de una nueva clase dominante «a través del Estado que, si es posible hablar de un orden de aparición y jerarquización de influencias, se constituye antes que la propia burguesía». Sigue leyendo

Los tres movimientos populares en la Argentina del siglo XX

Ángel J. CAPPELLETTI

La participación activa del pueblo esto es, de la clases bajas, en la historia argentina ha sido errática y contradictoria. El movimiento que condujo a la independencia no contó, al menos al principio, con la adhesión masiva de gauchos, pardos y negros. Un sector de la burguesía urbana formada por criollos que habían asimilado (hasta cierto punto) la idea de Rousseau y del iluminismo, originó la Primera Junta de Gobierno en mayo de 1810. La plebe urbana vio con indiferencia estos hechos en un primer momento. La exótica y foránea idea de «patria» fue sustituyendo trabajosamente, en los años siguientes, la ideología monárquica, inculcada en las casas señoriales y en los púlpitos. La adhesión posterior de las masas rurales a los caudillos no debe interpretarse, en todo caso, como algo muy distinto de la lealtad de los siervos hacia los señores feudales en el Medioevo.

foraEl primer movimiento popular –y, más específicamente, obrero– que se produjo en la Argentina supone la gran inmigración europea, la incipiente industrialización la conciencia de clase. Este movimiento es el anarquismo o, si se prefiere, el anarco sindicalismo representado por la FORA (Federación Obrera Regional Argentina). El anarquismo dominó el escenario social del país por lo menos hasta fines de la Primera Guerra Mundial, aunque siguió siendo importante hasta 1930 y, perseguido a muerte por la dictadura de Uriburu todavía tuvo peso decisivo en muchas ocasiones hasta la llegada de Perón. Los asalariados de la ciudad –obreros industriales– y del campo se organizaron desde la base, a partir de las uniones locales y de sociedades de resistencia, en un gran organismo federativo, que abarcó todo el territorio nacional y cuya influencia –ideológica y organizativa– se extendió a los países vecinos –Uruguay, Paraguay Bolivia, etc.–. La FORA se proclamó anarco-comunista y adoptó una ideología esencialmente kropotkiniana, aun cuando los primeros núcleos porteños –ya en la década de 1870– se remitían a Bakunin y aun cuando no faltaron nunca los llamados individualistas –a veces directamente stirnerianos– y los enemigos de la organización. La llegada de Malatesta, en los últimos años del siglo XlX, y su incansable obra de difusión de las ideas de organización obrera tuvo, en ese sentido, una influencia decisiva. En todo caso, es indiscutible que el movimiento anarquista predominaba ampliamente hasta 1920 por lo menos –y, tal vez, hasta 1930– entre los trabajadores argentinos organizados y conscientes. Innumerables sindicatos, sociedades de resistencia, centros de estudio social, bibliotecas populares, periódicos, revistas, grupos editores, etc., vinculados o no a la FORA, adoptaban, con matices diferentes, la ideología del anarquismo (Cfr. Iaacov Oved, El anarquismo y el movimiento obrero en Argentina, México, 1978). El marxismo que, ni en esos años, ni nunca, fue un movimiento popular en Argentina –y cuya peligrosidad revolucionaria sólo existió después en la mente paranoica de Uriburu, Onganía y Videla– apenas si tenía alguna influencia entre los trabajadores de cuello blanco –bancarios, maestros empleados municipales, etc.– y en ciertos círculos intelectuales, en verdad más inclinados al positivismo y al cientificismo que al materialismo histórico. Sigue leyendo