Eutanasia. El derecho a disponer de la propia vida

Alberto GINESTA

El doctor Luis Montes

El término eutanasia procede del griego eu (bien) y thanatos (muerte). Hace referencia a la idea de bien morir, con dignidad y sin sufrimientos inútiles. Recientemente el Congreso ha aprobado un proyecto de ley para regular este derecho largamente esperado y bloqueado sistemáticamente por la Iglesia católica y la derecha política y mediática.

Reproducimos aquí un trabajo publicado en 2009, con ocasión de la miserable campaña orquestada por la miserable Esperanza Aguirre, entonces presidenta de la Comunidad de Madrid, contra el doctor Montes.


Desde que el Gobierno de Esperanza Aguirre decidiera iniciar la caza de Brujas contra el doctor Montes y la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Severo Ochoa de Madrid, en toda España se ha desatado un enfurecido debate sobre la eutanasia. Las declaraciones por parte del Gobierno Zapatero planteando la necesidad de regular la práctica de la eutanasia, y la presentación el año pasado de un proyecto de Ley en el mismo sentido en el Parlamento andaluz ha echado más leña al fuego de esta polémica, aunque ahora haya abandonado el primer plano de la actualidad, debido a que las fuerzas contrarias a la eutanasia están demasiado ocupadas enfrentándose a la reforma legal sobre el aborto.

Vamos a entrar en este debate intentando analizar desde cuándo y por qué determinadas corrientes de pensamiento, instituciones políticas y congregaciones religiosas se oponen a que el individuo pueda disponer de su vida como buenamente quiera, partiendo de la convicción de que esto ni ha sido siempre así, ni se trata de algo natural, como se empeñan en demostrar quienes defienden que nuestras vidas pertenecen a Dios o al Estado.

Aclaraciones y definiciones

Émile Durkheim

Existe cierta controversia sobre la definición del término eutanasia, motivada muchas veces por consideraciones ideológicas que intentan relacionar el concepto con aspectos más positivos o negativos, según se trate. Quienes se oponen a la eutanasia procuran habitualmente relacionarla con el crimen y con el deseo de liberarse de personas enfermas, ancianas o con deficiencias físicas o psíquicas, echando mano casi siempre al recuerdo de las prácticas realizadas durante el régimen nazi con objeto de mejorar la raza. Recordemos cómo al doctor Montes se le acusó de nazi sin ningún pudor. Por tanto, no hay que extrañarse de que exista una grave confusión acerca de lo que significa la eutanasia.

No es nuestra intención entrar en polémicas semánticas, pero, para evitar confusiones, diremos que consideramos la eutanasia como el acto voluntario por el cual una persona decide poner fin a su vida como opción frente a una larga y dolorosa agonía. Obviaremos si el acto lo realiza uno mismo en solitario o con ayuda de alguien, si se realiza por acción u omisión y toda clase de precisiones que no vienen al caso.

Definido así, es evidente que el concepto de eutanasia está irremediablemente unido al de suicidio. Y por mucho  que se quiera eludir esta relación, cualquier reflexión nos llevará a la conclusión de que, en definitiva, se trata de acabar con la propia vida, sin que la motivación que empuja a tomar esa decisión cambie sustancialmente su naturaleza.

Sobre el concepto de suicidio también existen divergencias. Fundándose en la finalidad que persigue el suicida, se pueden establecer tres definiciones:

  • El suicidio como acto deliberado de quien desea morir.
  • El suicidio como consecuencia de actos que, aunque mortales de necesidad, no persiguen la muerte. Sería el caso del kamikaze, que no desea morir, pero se inmola en aras de un bien superior.
  • El suicidio de quienes mantienen costumbres o estilos de vida que acarrean la muerte con mayor o menor grado de probabilidad. Entrarían en esta definición los adictos a sustancias altamente peligrosas.

Como vemos, tampoco este término tiene una definición fácil y también están sujetos a consideraciones ideológicas. Por ejemplo, ateniéndonos a la segunda definición, podrían ser considerados suicidas los mártires cristianos que daban testimonio de su fe a sabiendas de que ello les acarrearía la muerte. El propio Jesucristo no se libraría de la acusación, puesto que sabía a qué venía al mundo. La tercera definición convertiría en posibles suicidas a drogadictos, aficionados a los alimentos con alto porcentaje de colesterol y, por supuesto, a los fumadores.

Cualquiera diría que el derecho de cada cual a disponer de su propia vida es algo tan razonable que no permite discusión alguna. Nos referimos, obviamente, a cualquiera que no sepa nada de lo que pasa en este mundo. Los demás sabemos que se trata de uno de los temas que más virulencia genera en el debate social. Veamos el porqué de esta controversia, que, por otra parte, tiene siglos de historia.

En la Antigüedad

Los criterios con que se afronta el acto de suicidio en la Antigüedad varía según los pueblos y las épocas en función de factores geográficos, económicos o culturales y, lógicamente, evoluciona a lo largo del tiempo, pero, en general, era algo que se aceptaba como un acto legítimo, e incluso se consideraba algo socialmente positivo en determinadas circunstancias. En este sentido podemos considerar dos factores que contribuían a ver en el suicidio algo aceptable:

  • El deseo individual de una muerte honorable.
  • La necesidad social de desprenderse de los individuos improductivos.

Respecto al primer punto, en algunos pueblos resultaba vergonzoso morir de viejo o víctima de una enfermedad. La única muerte digna era la que sobrevenía en combate. Los godos creían que quienes morían en la cama eran devorados por alimañas repulsivas. Los vikingos debían morir en combate si querían que las valkirias los condujeran al Valhalla para cenar en la mesa de Odín. Es comprensible, por tanto que, si no había una guerra que echarse a la espada, con frecuencia se recurriera a simulacros con los que los guerreros se suicidaban salvando las apariencias.

En cuanto al segundo, podemos destacar costumbres como la de los visigodos, que señalaban lugares escarpados, normalmente situados en los límites de los poblados, a los que ponían el nombre de «Roca de los abuelos». Allí acudían quienes deseaban morir, los ancianos, enfermos y, en general, quienes ya no podían valerse por sí mismos y se habían convertido en una carga para los demás. Este tipo de prácticas era habitual, pero no siempre se confiaba en el deseo de morir, en Ceos, isla del archipiélago de las Cícladas en el Mar Egeo, existía una ley que obligaba a morir por envenenamiento. Parece ser que tal operación se realizaba de forma festiva, como colofón de un gran festín que se completaba con un chupito de cicuta.

En otras latitudes se recurría al sacrificio de enfermos, ancianos, personas con deficiencias, etc. En la antigua India se ahogaba a los enfermos en el Ganges taponando con barro su boca y nariz. No es raro que los autores que han estudiado estas costumbres no se pongan de acuerdo sobre si los enfermos deseaban realmente la muerte, ni sobre si sus allegados –que eran quienes practicaban el suicidio– lo hacían para aliviar su sufrimiento.

Sócrates

En Grecia se consideraba el suicidio como una opción legítima, aunque –según explica Durkeim–[1]  el suicida debía pedir permiso a la autoridad, quien, tras escuchar sus razones, decidía sobre el asunto. En ocasiones el suicidio era consecuencia de una sentencia judicial como en el caso de Sócrates, condenado por impío y corruptor de la juventud ateniense. Se trataba del «suicidio forzado»[2] Plátón era contrario al suicidio, pero lo aceptaba en ciertas circunstancias:

… que los dioses son los que cuidan de nosotros y que nosotros, los humanos, somos una posesión de los dioses… […] desde este punto de vista, no es absurdo que uno no deba darse muerte a sí mismo, hasta que el dios no envíe una ocasión forzosa… (Fedón)

El que mate al más próximo y del que se dice que es el más querido de todos, ¿qué pena debe sufrir? Me refiero al que se mata a sí mismo, impidiendo con violencia el cumplimiento de su destino, sin que se lo ordene judicialmente la ciudad, ni forzado por la mala suerte que lo hubiera tocado con un dolor excesivo e inevitable, ni porque lo aqueje una vergüenza que ponga a su vida en un callejón sin salida y la haga imposible de ser vivida… (Las Leyes)

Como vemos, Platón, pese a no considerar lícito quitarse la vida, acepta excepciones a este principio, entre otras, la que hace referencia a la idea actual de eutanasia. Pero ya vemos en su razonamiento el elemento que acabará imponiéndose: la idea de que la vida no es un bien que pertenece al que la vive, sino patrimonio de quien la ha concedido.

Aristóteles plantea un aspecto nuevo sobre el suicidio al considerarlo un crimen contra la ciudad (el Estado). En Ética a Nicómaco se pregunta contra quién delinque el suicida:

¿No es verdad que contra la ciudad, y no contra sí mismo? Sufre, en efecto, voluntariamente, pero nadie es objeto de trato injusto voluntariamente.

A los derechos de los dioses sobre la vida de los hombres, Aristóteles añade los derechos del Estado.[3]

En el Derecho romano no había ninguna prescripción contra el suicidio y sí existía la costumbre de recurrir a esta práctica en ocasiones determinadas, como para huir de la deshonra o poner fin a una enfermedad incurable. Séneca, el filósofo estoico de origen cordobés, consideraba el suicidio como un acto moral y valiente fruto de la razón:

Lo bueno no es vivir, sino vivir bien. Por eso el sabio vivirá tanto como deberá y no tanto como podrá. […] Morir más pronto o más tarde no tiene importancia; lo que importa es morir bien o mal. […] La vida no ha de comprarse a cualquier precio.

La idea de la libertad está presente en todo su razonamiento:

Quien aprende a morir desaprende de servir, se encarama por encima de todo poder, al menos fuera de todo poder. ¿Qué le hacen a él la cárcel, los guardias? Tiene libre la puerta. Una sola es la cadena que nos tiene atados: el amor a la vida, el cual, aunque no tenga que suprimirse, se ha de reducir a tal punto que si alguna vez se impone la exigencia, no nos detenga nada ni nada nos impida estar dispuestos a hacer en el acto lo que habría que hacer más pronto o más tarde.

Si así pensaban los estoicos, para los filósofos epicureos –la otra gran corriente filosófica del periodo helenístico– el suicidio, si bien no es nada recomendable, si está justificado cuando la vida se hace insoportable.

La Edad Media

El medievo supuso un cambio de actitud radical frente al suicidio, que vino determinado por la hegemonía del pensamiento cristiano y la adaptación de las leyes de los reinos a la doctrina de la Iglesia. La vida se considera un don de Dios y, por tanto, no compete al individuo decidir nada sobre ella. No obstante, se aceptan dos excepciones: se puede quitar la vida aplicando una sentencia judicial emitida por un poder legítimamente constituido –es decir bendecido por la Iglesia–, y se puede matar en la guerra, siempre que esta sea justa, es decir, que cuente con la bendición papal. Se establece, en definitiva, que la vida es un bien inviolable, salvo por Dios y su representante en la tierra.

Michel de Montaigne

Agustín de Hipona condena el suicidio, sean cuales sean las causas que lo motiven. Sin embargo, no fue hasta el siglo VI que la Iglesia adoptó un criterio rígido al respecto, asimilando al suicida con el criminal. Hasta esta época, por efecto de la influencia del Derecho romano, la doctrina eclesiástica mantenía una cierta ambigüedad en este asunto. Condenaba sin remisión el suicidio en las clases bajas (siervos y criados), porque lo consideraba una ofensa a la autoridad de sus señores, pero era mucho más tolerante cuando lo efectuaban los privilegiados. En los concilios de Arlés (452), Braga (563), Auxerre (578) y ya en el siglo XIII, el Sínodo de Nimes (1284) la Iglesia reforzó su condena del suicidio con la negación de exequias religiosas  a los suicidas y la prohibición de su enterramiento en campo santo.

El Islam y el judaísmo, en sintonía con el cristianismo y en su misma lógica, condenan el suicidio y lo considera un crimen aún más grave que el asesinato.

En acatamiento de la doctrina eclesiástica, las legislaciones de la Edad Media castigarán el intento de suicidio, e incluso castigarán al suicida confiscando sus bienes, aplicando castigos corporales sobre su cadáver o exhibiéndolo para escarnio público. Evidentemente estos castigos, que en nada podían afectar al difunto suicida, estaban destinados a generar un rechazo social hacia el suicidio y los suicidas, aunque no hay que desdeñar el efecto disuasorio que podían tener entre los probables suicidas, sobre todo la incautación de bienes, que suponía un grave castigo para sus familiares.

Tomás de Aquino establece con rotundidad la idea de que la vida no nos pertenece. Es un bien que nos ha sido dado por Dios y que debemos administrar con arreglo a sus designios. Por tanto, al igual que la vida nos llega cuando Dios lo dispone, solo finaliza cuando este lo decide. Uniendo el pensamiento de Agustín de  Hipona y de Aristóteles, Santo Tomás establecerá que el suicidio es condenable por tres razones: es antinatural, en tanto que crimen contra uno mismo; es un delito, en tanto que ofensa a la comunidad de la que el individuo forma parte; es un pecado, porque usurpa un bien que solo pertenece a Dios.

Tras el Renacimiento

En la época del Renacimiento, sin modificar la legislación prohibicionista, sí aligera un poco el rigor de los castigos y se recupera en parte la tolerancia de tiempos anteriores. En este sentido va la Ordenanza Carolina de 1532 establecida por Carlos V para todo el imperio.

Michel de Montaigne defendió la legitimidad del suicidio. Dos siglos después, David Hume en Sobre el suicidio, un ensayo que dio lugar a grandes controversias, niega que el suicidio contravenga la ley de Dios y se pregunta por qué no podemos disponer libremente de nuestras vidas.

[…] doy gracias a la Providencia por todos los bienes de los que he disfrutado, y por el poder que ella me ha dado de escapar de los males que me amenazan. Quien estúpidamente piense que no dispone de ese poder, estará de hecho quejándose de la Providencia, al verse obligado a prolongar una vida odiosa, llena de dolor, de enfermedades, de humillación y de pobreza.

En su reflexión, Hume concluye que si solo Dios es quien decide sobre la vida de los hombres, tan pecaminoso será quitarse la vida como actuar para conservarla,

[…] si yo esquivo una piedra –dice el filósofo– que va a caer sobre mi cabeza, estoy invadiendo una región que solo pertenece al Todopoderoso, al prolongar mi vida más allá del plazo que, según las leyes del movimiento y la materia, él le había asignado.

David Hume. 7 de mayo de 1711 – 25 de agosto de 1776. Filósofo, economista e historiador escocés, es una de las figuras más importantes de la filosofía occidental y de la Ilustración Escocesa.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer no veía en el suicidio un rechazo a la vida, sino todo lo contrario, un deseo ferviente de vivir:

… el suicidio, lejos de negar la voluntad de vivir, la afirma enérgicamente, pues la negación no consiste en aborrecer el dolor, sino los goces de la vida. El suicida ama la vida, pero no acepta las condiciones en que se le ofrece. Al destruir su cuerpo no renuncia a la voluntad de vivir, sino a la vida. Quiere vivir, aceptaría una vida sin sufrimientos y la afirmación de su cuerpo, pero sufre indeciblemente porque las circunstancias no le permiten gozar de la vida.

Estas y otras reflexiones, junto con el redescubrimiento y difusión de los autores clásicos, van influyendo lentamente sobre el criterio dominante. Pero el derecho al suicidio tuvo también importantes detractores, corno Kant, quien, eludiendo el aspecto religioso, estableció un razonamiento para condenar tal derecho basado en el deber moral del individuo para consigo mismo:

… No hay que buscar fundamento de tales deberes en las prohibiciones de Dios, ya que el suicidio no es algo aborrecible porque Dios lo haya prohibido, sino que, por el contrario, Dios lo ha prohibido porque es aborrecible.

La Revolución francesa nos trajo finalmente la despenalización del suicidio. Más tarde, a lo largo del siglo XVIII, muchos países se fueron sumando paulatinamente a la despenalización, aunque con importantes excepciones corno Rusia.

A lo largo de los siglos XIX y XX desaparecen casi por completo las leyes contra el suicidio y el debate –que persiste en la actualidad– se centra en la ayuda al suicida, en lo delictivo o moral de la acción de ayudar a quitarse la vida a otra persona. Lógicamente este debate está relacionado principalmente con los casos de enfermos incurables que no pueden procurarse la muerte por ellos mismos y recurren con frecuencia a amigos o familiares, sin olvidar la actuación del médico y del sistema sanitario en cuanto a la aplicación de los cuidados paliativos.

Algunos países corno Bélgica o los Países Bajos han dado pasos en la regulación de la eutanasia, en otros se aplican, a falta de regulación alguna, criterios y tratamientos que son esencialmente lo mismo que la eutanasia. Muchas veces el debate ideológico transcurre completamente al margen de la realidad y, al igual que ocurre con el aborto, una cosa es lo que uno piensa y otra muy distinta lo que uno hace cuando el problema tropieza con sus narices.


[1] Emile Durkheim, El suicidio, Akal, Madrid, 1998.

[2] El suicidio forzado era una forma de castigo habitual en la Grecia clásica, que se mantuvo durante la era romana –Séneca también tuvo que suicidarse por requerimiento de Nerón–, se daba también en la antigua China –donde se solía castigar a los generales que perdían batallas importantes obligándoles  a quitarse la vida–, y tuvo sus secuelas famosas siglos después, como el caso de Erwin Rommel, quien se suicidó por orden de Hitler para evitar represalias contra su familia.

[3] Como excepción en lo que parece ser una regla general en la antigua Grecia, encontramos el caso de Hipócrates, quien estableció en su «Juramento hipocrático» una rigurosa norma en contra de ayudar a los enfermemos al suicidio y a las mujeres al aborto.

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Acerca de Polémica

El primer número de la revista Polémica se publicó en 1980 en Barcelona. Polémica se define como libertaria, desde una posición abierta y sin reconocer verdades absolutas ni doctrinas oficiales. Entendiendo lo libertario más como búsqueda de respuestas que como afirmación de principios, procurado siempre compaginar la firmeza en las convicciones propias con el respeto a las ideas de los demás. Esto nos ha permitido contar con un amplio y variado abanico de colaboradores. Polémica procura siempre ser rigurosa, sin sacrificar la objetividad a la propaganda fácil, ni el análisis a la comodidad del tópico consabido. Polémica siempre ha estado estrechamente comprometida con la realidad político social y con las luchas por la libertad y por una sociedad justa y solidaria.

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