La muerte de Kropotkin

El texto sobre la muerte y entierro de Kropotkin procede, en lo esencial, del libro de George Woodcock y Ivan Avakumovic: Pierre Kropotkine, le prince anarchista. (Calmann-Lévy, París, 1953) y elementos extraídos de Memories d’un revolutionnaire, de Victor Serge (Ed. du Seuil, París, 1951); Living my life, de Emma Goldman (Knopf, Nueva York, 1934); de Emma Goldman: una mujer en la tormenta del siglo, de José Peirats (Campo Abierto Ediciones, Madrid, 1978 y Ed. Laia, Barcelona, 1983); Moscou sous Lenine, de Alfred Rosmer (Ed. Pierre-Horay, París, 1953).


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Manifestación de duelo

A principios de 1921 la inquietud de Lenin ante el renacimiento de las tendencias sindicalistas entre los obreros e intelectuales le indujo a tomar nuevas medidas represivas. Las obras de Fernand Pelloutier, y textos de Mijail Bakunin y de Kropotkin fueron puestos en el índice.

Kropotkin, símbolo vivo de la ideas anarquistas, gozaba todavía de gran respeto y de una gran admiración en Rusia. No sufrió personalmente en los ataques lanzados contra los anarquistas en Moscú en 1918, pero en el verano de dicho año se vio obligado a ir a vivir a una modesta casa de madera del pueblo de Dmitrov, a unos 60 km al norte de la capital. Lo mejor de su tiempo lo ocupaba en redactar su Etica –que no pudo terminar– y a recibir multitud de visitantes, entre ellos Volin, Emma Goldman, Alexandre Berkman, Grigori Maximov… Descansaba tocando un poco el piano.

Kropotkin estaba en total desacuerdo con los métodos autoritarios del gobierno soviético. Desaprobaba radicalmente la disolución de la Asamblea constituyente y los métodos terroristas adoptados por la Checa. Kropotkin comparaba la dictadura del partido impuesta por los bolcheviques a la «tentativa jacobina de Babeuf». Sin embargo, en una carta abierta a los obreros de la Europa occidental les pedía que presionaran a sus gobiernos para poner fin al bloqueo de Rusia y a su intervención en la guerra civil. «No es que no haya nada que decir sobre los métodos del gobierno bolchevique –escribía–, ¡ni mucho menos! Pero cualquier intervención armada del extranjero refuerza necesariamente las tendencias dictatoriales del gobierno y paraliza los esfuerzos de aquellos rusos que están dispuestos a ayudar a Rusia, independientemente de su gobierno, para que pueda revivir.»

En mayo de 1919, un año antes de esta declaración, Kropotkin se entrevistó con Lenin en Moscú para discutir sobre sus divergencias. La discusión tuvo una prolongación mediante un breve intercambio de cartas, en las cuales Kropotkin denunciaba con gran lucidez los peligros del pensamiento dirigido, de la intolerancia.

El pensador anarquista seguía criticando severamente a la dictadura bolchevique: «Rusia se ha convertido en una república que de revolucionaria solo tiene el nombre –escribía Kropotkin a Lenin en marzo de 1920–. Actualmente no son los soviets quienes la dirigen, sino los comités del Partido… Si esta situación se prolongara, la propia palabra socialismo se convertiría en una maldición, como en otro tiempo lo fue la palabra igualdad después de cuarenta años de dominación jacobina».

Piotr Kropotkin, a pesar de todo, conservaba la esperanza: «Confío en el porvenir –afirmaba en mayo de 1920–. Creo que el movimiento sindicalista […] será una fuerza potente en el curso de los próximos cincuenta años, y que será el que conducirá a la creación de una sociedad comunista sin Estado».

En enero de 1921, Kropotkin, que tenía casi ochenta años, sufrió una neumonía aguda. Su fiel discípulo, el doctor Alexandre Atabekian, que había fundado la Biblioteca Anarquista de Ginebra 30 años antes, y que después de la revolución de octubre instaló su imprenta anarquista en Moscú, a pesar de la prohibición de los bolcheviques, acudió a la cabecera de su maestro. Kropotkin moría tres semanas más tarde. Murió, pues, en Dmitrov el 8 de febrero de 1921, cuando acababan de sonar las tres de la mañana. Murió en silencio, y en el último momento, inconsciente.

Su mujer, Sofía Ananiev, y su hija Alexandra (Sacha), Alexandre Atabekian y Boris Lebedev estaban presentes. Emma Goldman, se retrasó debido a problemas en el tráfico ferroviario. Alexandre Berkman, con un grupo de anarquistas, llegó de Moscú el mismo día.

Emma Goldman dice:

«Me encontraba en la ciudad (Petrogrado) desde hacía una hora cuando recibí una llamada telefónica diciéndome que me esperaban en Dmitrov con toda urgencia. Partí inmediatamente hacia Moscú. El tren tropezó con una violenta tormenta y llegó con diez horas de retraso. Ya no había combinación para Dmitrov hasta el día siguiente por la tarde. Las carreteras estaban cortadas por la nieve, los cables telefónicos rotos, no existía ningún medio para establecer contacto con Dmitrov. El tren de la tarde era de una lentitud exasperante, parándose frecuentemente para abastecerse en combustible. Llegamos a las cuatro de la mañana. Con Alexandre Schapiro, un íntimo de la familia Kropotkin, y Pavlov, un compañero del Sindicato de panaderos, me precipité hacia la casita de los Kropotkin. ¡Desgraciadamente demasiado tarde!, Piotr había dejado de respirar una hora antes.

»La viuda, desconsolada, me dijo que Piotr había preguntado varias veces por mí, si estaba en camino, cuándo llegaría… […].

»Sofía me dijo que Lenin, informado de la enfermedad de Piotr, había enviado los mejores médicos de Moscú a Dmitrov, así como víveres y golosinas para el enfermo. También había ordenado que se le transmitieran frecuentes partes médicos sobre el estado de Piotr y de que se publicasen en la prensa. ¡Qué tristeza que tantos cuidados hayan sido prodigados en su lecho de muerte al hombre que por dos veces fue a parar a manos de la Cheka y que, por tal motivo, se vio obligado a tomar una jubilación que no deseaba! Piotr Kropotkin había ayudado a preparar el terreno para la revolución, pero se le había negado el derecho a participar en su vida y desarrollo; su voz había resonado en Rusia a pesar de la persecución zarista, pero había sido ahogada por la dictadura comunista».

El gobierno bolchevique propuso inmediatamente la celebración de exequias nacionales para Kropotkin, pero tanto su familia como sus amigos rechazaron la idea, pues todos sabían que el viejo anarquista hubiese considerado tal cosa como una injuria. Se constituyó un comité funerario, compuesto de representantes de las agrupaciones anarquistas rusas, con miras a tomar las disposiciones para la ceremonia.

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Emma Goldman en el funeral de Kropotkin

Las dificultades surgieron inmediatamente. Debido a la nacionalización de todos los servicios públicos, y al cierre de todas las imprentas, tuvieron que dirigirse al Soviet de Moscú para solicitar su ayuda. La organización de las exequias se solucionó fácilmente, pero la cuestión de la imprenta ya fue otro cantar. Después de algunas negociaciones, las autoridades se dignaron aceptar la impresión de dos pasquines y de un diario único dedicado a la memoria de Kropotkin; pero cuando los anarquistas pidieron que las publicaciones no fueran sometidas a la previa censura, la demanda fue categóricamente rechazada. Entonces los compañeros decidieron actuar por cuenta propia, rompieron los precintos de la imprenta anarquista de Atabekian, que había sido cerrada por la Cheka, e imprimieron dos octavillas no censuradas con juicios sobre Kropotkin.

Mientras tanto, en Dmitrov, obreros, campesinos, intelectuales, e incluso soldados y oficiales bolcheviques desfilaban incesantemente ante el cadáver del gran idealista, extendido en su lecho en el gabinete donde había vivido y trabajado los tres últimos años.

El ataúd fue llevado luego a la estación y colocado en un tren especial que debía conducirlo a Moscú. Ese día las escuelas fueron cerradas y los niños esparcieron ramas de pino sobre la nieve delante del cortejo. Todos los vecinos del pueblo lo acompañaron a la estación, incluida la guarnición del Ejército Rojo, que por deferencia a las opiniones del difunto no llevaba armas.

En Moscú, la multitud que esperaba el tren fúnebre en una estación de suburbio, acompañó los restos de Kropotkin, al son de músicas revolucionarias, hasta el Palacio del Trabajo (la Casa de los Sindicatos), donde debía descansar sobre un lecho mortuorio –como se había hecho con John Reed– velado por anarquistas. Este edificio había sido antaño el palacio de la nobleza, y era en la sala de las columnas donde Kropotkin yacía.

Emma Goldman dice: «En Moscú, las manifestaciones de estima y de afecto por Piotr Kropotkin adquirieron una amplitud asombrosa, y durante dos días se asistió al más importante desfile desde la revolución de Octubre».

Sin embargo, otro conflicto había surgido entre la comisión fúnebre y las autoridades, esta vez con relación a los anarquistas que habían sido encarcelados por haber manifestado abiertamente sus opiniones. Algunos se encontraban en el Departamento especial de la Cheka, otros en la terrible prisión zarista de Butirky, que Tolstoi inmortalizó en Resurrección. La comisión encargada de las ceremonias envió inmediatamente un telegrama a Lenin pidiendo que los detenidos fueran dejados en libertad el día de las exequias. La comisión ejecutiva central de los Soviets recomendó a la Checa que soltara a los presos en la medida en que ello fuera posible, para que pudieran asistir al entierro. La Checa se negó, a menos de que diesen su palabra de que regresarían a sus respectivas celdas después de la ceremonia. Aceptada esa condición, entonces la respuesta fue de que «no había detenidos anarquistas en las cárceles de Moscú».

Se sabía que esto era falso, pues Berkman había tenido acceso a Butirky y al Departamento especial y había hablado con los que allí estaban detenidos.

La mañana de las exequias, los anarquistas decidieron pasar a la acción, y, por invitación de la comisión, Sacha Kropotkin telefoneó a Lev Kamenev, presidente del Soviet de Moscú para decirle que si los detenidos no eran liberados, se comunicaría a las multitudes congregadas en el Palacio del Pueblo y fuera de él, que Lenin no había cumplido su promesa, y que las coronas ofrecidas por organizaciones comunistas y las banderas bolcheviques serían retiradas del féretro. Corresponsales de diarios norteamericanos y británicos, entre ellos el escritor inglés Arthur Ransome, que representaba al Manchester Guardian, y Henry Alsberg estaban allí y la actitud de la multitud en la sala iba siendo amenazadora. Víctor Serge, que asistió a la ceremonia, dice: «La sombra de la Cheka estaba en todas partes; pero una multitud densa y ardiente afluía… Con su cabeza austera, su frente despejada, su nariz fina y su barba blanca, Kropotkin parecía un mago dormido, mientras que a su alrededor voces irritadas murmuraban que la Cheka había violado la promesa de Kamenev… Las banderas negras, los discursos, los tímidos cuchicheos, ponían a la multitud en una especie de delirio…».

Kamenev pidió un plazo y prometió que los detenidos llegarían en unos 20 minutos. Durante una hora la multitud esperó con un frío penetrante; luego, siete hombres solamente, los de la prisión especial, aparecieron. La Cheka afirmó a la comisión que los anarquistas de la prisión de Butirky estaban en camino. Las exequias comenzaron, pero los detenidos en cuestión no llegaron jamás.

La orquesta de la Opera de Moscú tocó la Primera Sinfonía y la Sinfonía patética de Chaikowsky, que Kropotkin había amado siempre, y cuando el ataúd fue llevado fuera de la sala, un coro de doscientos cantores de la Opera interpretó el Requiem, eterno recuerdo, que también se había cantado para Tolstoi. Era el 13 de febrero. Por las calles, un inmenso cortejo de unas cien mil personas –entre las cuales los anarquistas distribuían una octavilla: «Despedida a Kropotkin»– seguía el féretro en su marcha de cinco millas, hasta el cementerio del monasterio de Novo Devichi, en la orilla del río. Los príncipes Kropotkin poseían un magnífico panteón en un cementerio, pero Piotr Kropotkin había expresado su voluntad de no ser inhumado en el monumento funerario familiar. Su voluntad fue respetada y tuvo la humilde tumba que había deseado.

Las banderas de los partidos políticos, de los sindicatos, de las sociedades científicas y literarias, de las asociaciones de estudiantes, entremezcladas a las banderas negras de los grupos anarquistas, ondeaban por encima de la multitud que marchaba a los compases de la música revolucionaria. La Internacional no fue tocada por deferencia a Kropotkin, que detestaba el cántico, que él comparaba a los «gruñidos de los perros hambrientos». Soldados sin armas, marinos y grupos de niños se mezclaban en las filas; allí estaban muchos viejos amigos de Kropotkin, como Vera Figner y Armand Ross. Los estudiantes y los obreros hacían calle, dándose la mano, alrededor del cortejo que avanzaba en un orden imponente. Era, sin embargo, la última gran manifestación contra la tiranía bolchevique, y mucha gente estaba allí tanto para reclamar libertad como para homenajear al ínclito anarquista. Las banderas llevaban con letras de fuego las palabras Donde hay autoridad no existe libertad, y Los anarquistas piden ser liberados de la cárcel del socialismo, lo cual era el exponente del estado de espíritu que imperaba en aquella jornada.

En el Museo Tolstoi la bandera negra ondeaba en homenaje a Kropotkin, y un busto del escritor drapeado de crespón había sido colocado en la escalinata, mientras que una música de tolstoianos tocaba la Marcha fúnebre de Chopin cuando el cortejo hizo allí una parada. Delante de la prisión de Butirky hubo un nuevo alto, y los detenidos, desde detrás de las rejas, gritaban su despedida. El féretro iba destapado a la usanza rusa. Kropotkin, con la barba blanca agitada por el aire, parecía corresponder al saludo.

En fin, se llegó al cementerio, y el ataúd fue descendido a una fosa debajo de un abedul plateado. Los oradores se sucedían para pronunciar sus discursos: un estudiante, un tolstoiano, representantes de los social-revolucionarios y de los mencheviques; Mostovenko, en nombre de los bolcheviques, y Alfred Rosmer en nombre de la Tercera Internacional; Emma Goldman en nombre de los anarquistas extranjeros, y seis anarquistas rusos, de los cuales, el último, Aaron Baron, detenido en Ucrania y uno de los liberados bajo palabra, que regresó a la prisión después de la ceremonia fúnebre para ya no volver a salir de ella –su esposa Fania fue fusilada por la Cheka en Odesa– causó sensación por sus ataques audaces contra el gobierno. Victor Serge dice: «Demacrado, barbudo, con gafas de oro, bien erguido, clamaba su implacable protesta contra el nuevo despotismo, los verdugos en acción en las ergástulas bolcheviques, la deshonra infligida al socialismo, a la violencia con que el gobierno hollaba la revolución. Intrépido y vehemente, parecía un sembrador de nuevas tempestades».

Alfred Rosmer dice: «Mi breve discurso lo había preparado con mis recuerdos personales, sobre lo que Kropotkin había sido para los hombres de mi generación, en Europa, en América, en todo el mundo; sobre la contribución importante a la doctrina de la evolución con El apoyo mutuo; sobre el personaje de Autour d’une vie, por el cual no se puede dejar de sentir un sincero afecto. Mis palabras pasaron sin tropiezo, aunque yo sentía que a mi alrededor no todo era simpatía».

El sol estaba en su ocaso en aquel breve día de invierno cuando el último orador terminó su discurso delante de la multitud silenciosa congregada en el cementerio, y mientras se arrojaba la tierra sobre el revolucionario muerto, el cortejo se puso en marcha hacia la ciudad, al son de cantos revolucionarios.

Los anarquistas regresaron a su prisión, de donde algunos ya no volverían a salir; sus compañeros libres fueron objeto de persecuciones incesantes y cada vez más intensas por parte de las autoridades bolcheviques. El gobierno, que había querido honrar a Kropotkin ofreciéndole exequias nacionales, se dedicó sistemáticamente a eliminar a todos aquellos que preconizaban o intentaban aplicar sus teorías. El entierro de Kropotkin fue la última manifestación pública de los anarquistas en la Rusia bolchevique.

Una ciudad de las estepas, otra en Crimea, una montaña en Siberia, una o dos escuelas, y una estación del Metropolitano de Moscú recibieron el nombre del filósofo y científico anarquista; la calle donde se encuentra el Museo Tolstoi fue rebautizada calle Kropotkin, y su casa natal, una gran mansión situada en lo que había sido barrio aristocrático de Moscú, y que lleva el nombre de Tolstoi, fue confiada por el Soviet moscovita a su mujer y a sus compañeros para convertirla en museo, donde se reunirían sus libros, manuscritos, y otros enseres personales.

Bajo la dirección de un comité que agrupó a anarquistas eruditos como Nicolai K. Lebedev, Alexei A. Solonovich y el doctor Alexandre A. Atabekian, el museo fue mantenido mediante contribuciones de amigos y admiradores de todo el mundo. Sofía vivió allí y acompañó con frecuencia a los visitantes a través de sus colecciones. Dos veces, en 1923 y en 1929, Sofía viajó a Europa occidental. Fue siempre una adversaria decidida del gobierno bolchevique, pero vivió sin ser molestada hasta primeros de 1938. Lebedev murió en agosto de 1934. Después de la muerte de Sofía, el Museo fue suprimido por el gobierno, sus colecciones fueron dispersadas en otros museos, y la casa fue atribuida a la Academia de Ciencias.

Publicado en Polémica, n.º 47-49, enero 1992

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Acerca de Polémica

El primer número de la revista Polémica se publicó en 1980 en Barcelona. Polémica se define como libertaria, desde una posición abierta y sin reconocer verdades absolutas ni doctrinas oficiales. Entendiendo lo libertario más como búsqueda de respuestas que como afirmación de principios, procurado siempre compaginar la firmeza en las convicciones propias con el respeto a las ideas de los demás. Esto nos ha permitido contar con un amplio y variado abanico de colaboradores. Polémica procura siempre ser rigurosa, sin sacrificar la objetividad a la propaganda fácil, ni el análisis a la comodidad del tópico consabido. Polémica siempre ha estado estrechamente comprometida con la realidad político social y con las luchas por la libertad y por una sociedad justa y solidaria.

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