La Carta de Amiens. El punto de partida del sindicalismo revolucionario

Se cae con frecuencia en el defecto de referirnos a datos, personas o acontecimientos, oídos de boca en boca, sin tomarnos la molestia de buscar las fuentes directas que puedan confirmar o aclararnos esas informaciones. En lenguaje llano, se dice que eso es «hablar por boca de ganso». Y no anda muy descabellado el refranero, ya que son muchos los «eruditos» que ensartan cita tras cita, sin tomarse la molestia de procurar al lector la imprescindible explicación de esas reiteradas referencias.

Uno de esos documentos que se invoca con frecuencia no solo por «historiadores» y comentaristas, más atentos a abrumar de citas sus escritos o rellenar de efectismos sus parlamentos, que en expresar inteligiblemente sus argumentos, es la CARTA DE AMIENS, como pieza fundamental y punto de partida para entender la historia del movimiento obrero. Y, ciertamente, que la citada Carta contiene ideas y propósitos tan diáfanos y categóricos, que a más de un siglo de su adopción, siguen teniendo vigencia y aplicación y manteniendo íntegra la razón de sus argumentos. Por eso, hemos creído interesante ofrecerla en estas páginas, como un documento valioso de la lucha obrera tan mal entendida y conocida por propios y extraños.

Carta de Amiens

Entre los días 8 y 16 de octubre de 1906 se celebró en la ciudad francesa de Amiens el XV Congreso Nacional de la Confédération Générale du Travail (CGT), una organización sindical fundada en Limoges en septiembre de 1895, en la que destacaba un personaje, Fernand Pelloutier, inspirador en 1892 de las Bourses du Travail. En este congreso se aprobó una resolución, conocida como la Charte d’Amiens, que sentó los principios del sindicalismo revolucionario.

Fundación de la CGT en Limoges (1895)

Acuerdo del Congreso

El Congreso Confederal de Amiens ratifica el artículo 2 de la constitución de la CGT

La CGT agrupa, al margen de toda escuela política, a todos los trabajadores conscientes de la lucha a realizar para conseguir la desaparición del sistema de salarios y de la clase patronal. El Congreso considera que esta declaración es un reconocimiento de la lucha de clases que enfrenta, en el terreno económico, a los trabajadores en protesta revolucionaria contra todas las formas de explotación, tanto material como moral, empleadas por la clase capitalista contra la clase obrera.

El Congreso concreta esta afirmación teórica en los siguientes puntos:

En la obra reivindicativa diaria, el sindicalismo persigue la coordinación de los esfuerzos de los obreros, el aumento del bienestar de los trabajadores por la conquista de las mejoras inmediatas, como la disminución de las horas de trabajo, el aumento de sueldos, etc.

Pero esta tarea es solamente un aspecto del sindicalismo: tiende y prepara la emancipación total, que podrá verse realizada únicamente por la expropiación de los capitalistas; preconiza como medio de acción la huelga general y considera que el sindicato, hoy grupo de resistencia, será, en el futuro, una asociación de producción y de distribución, base de una reorganización social.

El Congreso declara que este doble objetivo, presente y futuro, se desprende de la situación salarial que pesa sobre la clase obrera y que impone a todos los trabajadores, cualesquiera que sean sus opiniones o tendencias políticas o filosóficas, el deber de pertenecer al grupo esencial, que es el sindicato.

En consecuencia, en cuanto a los individuos, el Congreso afirma la más entera libertad del sindicado para participar, fuera del grupo corporativo, a las formas de actuación y de lucha que estén de acuerdo con sus conceptos filosóficos o políticos, exigiéndole, a cambio, que no introduzca en el sindicato las opiniones profesadas fuera de él.

En cuanto a las Organizaciones, el Congreso decide que, para que el sindicalismo alcance su máxima eficacia, la acción económica se debe ejercer directamente contra el patronato. Las Organizaciones confederadas, como tales sindicatos, no se han de preocupar de los partidos ni de las sectas, que, fuera y al margen, pueden perseguir libremente la transformación social.

15.o Congreso Nacional Corporativo, 9.° de la CGT como Confederación, celebrado en Amiens, del 8 al 16 de octubre de 1906. Informe de los trabajos del Congreso. Amiens, Ed. de la CGT, 1906, págs. 170-171.

SOBRE EL ARTE. Una aproximación racional a los valores estéticos

Jose Cases Alfonso

Fallecido el 19 de noviembre de 1998, José Cases fue un histórico militante anarcosindicalista y personaje clave del Sindicato de Espectáculos de Barcelona, primero de la CNT y luego de la CGT. Quienes lo conocieran solo superficialmente puede que ignoren la profunda curiosidad intelectual que le llevó a acumular amplios conocimientos sobre los más diversos temas. Reproducimos ahoraeste artículo que da buena muestra de ello.  

Cualquiera que en la actualidad formulase la pregunta, ¿qué es el Arte?, se encontraría con muy pocas personas dispuestas a afrontar los riesgos de una definición, y aquellos que lo intentaran lo harían usando toda una serie de elementos expositivos que remitirían el problema al terreno de los «misterios» o lo situarían ante nuevas interrogaciones de las que dependería la pregunta inicial.

Mi opinión personal sobre el mismo es la de que no se trata de una situación que afecte exclusivamente al Arte sino que es común a todos los problemas relacionados con el conocimiento y valoración de la realidad: no disponemos de una teoría correcta del conocimiento.

En principio, la creencia generalizada de que la «percepción», el «conocimiento», la «inspiración», la «intuición», etc. del Arte se realiza en el hombre por la vía de la «emoción», del «sentimiento» (entendido esto como extra racional), ya supone una dificultad insalvable para una posible intelección del mismo, tanto si los valores estéticos son considerados como estando en las cosas (objetivos) o creados por el hombre (subjetivos).

Pero, ¿son los «sentimientos» humanos ajenos a la razón?, ¿se originan estos en forma desconocida, misteriosa o ya preexisten de alguna manera, en nosotros, al nacer? La verdad es que sobre este asunto hay opiniones para todos los gustos. Estoy firmemente convencido que eso que llamamos «sentimientos» no son otra cosa que elaboraciones racionales hechas con experiencias personales repetidas o en aceptaciones basadas en la autoridad de otros, y también por asociaciones analógicas con ellas. Son como unos contenidos mentales que nuestra experiencia vital ha ido configurando como válidos —necesarios— y que, como formas activas que son, ante cualquier situación dada que les afecte, originarán, como un resorte, la respuesta correspondiente que será, según los casos, una acción física (móvil), un pensamiento, una «emoción», o varias cosas a la vez. La casi simultaneidad entre el estímulo y la acción o movimiento; la aparente automaticidad de la respuesta, en la mayoría de los casos, nos impide percibir el hilo conductor del uno o la otra. Lo que induce a creer en una espontaneidad no razonada. Estos contenidos mentales o fijaciones son como esquemas o patrones de comportamiento desde los que se proyecta la personalidad de cada ser humano, es decir, son su repertorio de respuestas peculiares o habituales.

Lo mismo ocurre con aquellos actos simples (movimientos y palabras) que realizamos cotidianamente y que calificamos de mecánicos porque son respuestas en las que nos parece que no interviene la razón, el conocimiento, la reflexión; pero no es así. Todo acto humano comporta un proceso previo de preparación en el que interviene la consideración de su necesidad, de su posibilidad y demás circunstancias concurren, pero cuando una respuesta determinada nos es con cierta frecuencia solicitada y cumplida con la eficacia requerida, se crea en nosotros una sensación de confianza en la acción que nos impulsa a prescindir de la reconstrucción de la mayor parte del proceso mental previo y actuamos, no mecánica ni inconscientemente, sino confiados en la eficacia demostrada reiteradamente en idénticas circunstancias.

Nuestro conocimiento es funcional y, por ello, intencional, y una forma de acción: pensar es actuar. Cuando el ser humano piensa, actúa. Es una forma de acción distinta de aquella que comporta alguna clase de movimiento visible, pero tan real como ella; es más, la acción de pensar, siempre precede a la otra que es su consecuencia cuando aquella así lo cree necesario.

II

Los hombres estamos condenados a ignorar la existencia y significación que pueden tener las «cosas» más allá del plano de la sensibilidad de que estamos dotados, pero no debemos seguir ignorando que la significación o valoración de lo existente (lo sensible) y, naturalmente, su conocimiento está determinado y condicionado: a) por los límites y posibilidades del conocimiento humano; b) por las circunstancias del perceptor en su relación con el mundo (magnitudes de relación en valores de espacio y tiempo: volumen, potencia, movilidad y ciclo vital del individuo), y c) por la intencionalidad básica de la percepción. Solo teniendo en cuenta estos factores podremos intentar una primera aproximación a la realidad, de lo contrario continuaremos condenados también a seguir persiguiendo la imagen fantasmal de una realidad que se nos escapa siempre y esteriliza nuestro esfuerzo. Solo conociendo como conocemos nos será posible conocer el valor real de nuestro conocimiento.

Es desde esta perspectiva desde donde me propongo exponer mi opinión sobre lo que son y cómo se forman o se fijan en nosotros esos contenidos de valoración estética que dan significación— dimensión humana— a esa realidad llamada arte. No intentaré, de entrada, dar una definición del concepto arte, porque es un concepto demasiado vago y generalizador, ya que pretende expresar, al mismo tiempo, el «goce» y la «creación» de la obra estética, confundiendo técnica y valores estéticos. Me limitaré, en principio, al análisis de los fundamentos del problema que consiste en conocer el origen y naturaleza de nuestra valoración de la realidad en su aspecto estético.

III

Los valores estéticos surgen en nosotros como consecuencia de ciertas afecciones de complacencia o repulsión que sufrimos ante cosas o elementos de la realidad. Estas complacencias o repulsiones son determinadas por ciertas significaciones que encontramos o les conferimos a esas cosas o elementos y que expresamos bajo los nombres genéricos de belleza o fealdad. Es, pues, de sumo interés averiguar el cómo y el porqué ciertos rasgos o características de las cosas producen en nosotros complacencia o repulsión y dan origen a las ideas de belleza y fealdad y, a su vez, a los valores estéticos que las expresan y las distinguen de las otras formas de valoración que el hombre ejerce sobre las cosas o elementos de la realidad.

Antes de continuar, quizá sería conveniente señalar que, en cierta manera, belleza y fealdad, en sus múltiples formas concebidas, son unos pequeños y extremos salientes opuestos de un ancho cauce por el que fluye nuestra existencia casi inadvertida en su monótono discurrir. Estos salientes, por expresar aspiraciones de satisfacción limitada y repulsiones extremas, adquieren y mantienen una gran importancia en el transcurso de nuestra vida y dan la impresión de que cubren y llenan toda la realidad humana. Aquí está el origen de la gran importancia del fenómeno estético. La instrumentalización de lo estético da la posibilidad al «artista» de «recrear» o alterar la realidad «exaltando», «enriqueciendo», «iluminando» o deprimiendo y con ello influir sobre los demás. Socialmente, el arte es una forma de poder y para la humanidad un factor de afirmación y trascendencia.

El factor menos conocido en la formación de elementos estéticos es de base mental, racional y, por tanto, puede considerársele como natural y subjetivo. Se origina en una aspiración de nuestra mente por inteligir la realidad que se resiste una y otra vez. Al precio de un gran esfuerzo continuado desde el mismo instante de nacer, logra el intelecto aislar de entre una masa caótica inicial, en un lento proceso de diferenciación valorativa, lo individual, base de todo conocimiento real y construir, en un intento de intelección comprensiva, una serie infinita de estructuras unificadoras de esa realidad singularizada (objetivizada), que le permitan alcanzar una imagen válida de su mundo vital. Por este motivo cuando a nuestra razón, la múltiple y diversa realidad, se le aparece bajo alguna forma de ordenamiento unificador que facilita su intelección al simplificarla, esta se complace en ello. De ahí nace esa constante exigencia intelectual de simplicidad y orden y que se expresa en valores estéticos de armonía, ritmo, simetría, equilibrio, claridad, etc. bajo cualquier aspecto en que se manifiesten, y de ahí nace también nuestra hostilidad y rechazo a toda manifestación ininteligible, oscura. confusa, compleja. caótica, absurda; elementos básicos de inseguridad.

El otro factor estético, ya presentido en la Antigüedad clásica pero no investigado en profundidad, porque todo el sistema de ideas en vigor lo impedían, es el de la posible relación entre los conceptos bueno-bello y malo-feo. Efectivamente, una observación atenta pone de relieve la existencia de esta correlación. Las cosas o elementos de la realidad que tenemos por buenos en algún sentido son, generalmente, considerados como participando de alguna forma de belleza y aquellos que tenemos por malos se les tiene como exponentes de algún tipo de fealdad. Pero no se evidencia de inmediato el cómo y el porqué se produce esta correlación valorativa, se precisa alguna comprensión sobre la forma de operar nuestro intelecto para darse cuenta de por qué este tipo de elementos estéticos son una valoración secundaria o derivada de otra que la precede: la utilitaria.

Sabemos que toda realidad debe poseer algunos rasgos o elementos (formas o símbolos) por los cuales es captada por nuestro mecanismo de la sensibilidad y son estos rasgos —expresión visible o simbólica de la realidad— los que en virtud de la simpatía u hostilidad provocada por su condición utilitaria sedimentan en nosotros una actitud de complacencia o aversión hacia esos rasgos o elementos en que se expresan. Por eso los valores estéticos de esta clase se estructuran en nosotros en forma de modelos, arquetipos, símbolos, de belleza o fealdad y nos sirven de patrones automáticos de valoración estética para cada forma de realidad.

Pero al estructurarse un sistema de valoración estética por medio de formas ideales, estas, en cierto modo, una vez constituidas, se «independizan» de los valores utilitarios que las engendraron. Este fenómeno se produce porque esta valoración estética se realiza sobre gran parte de la realidad por simple extensión. Me explicaré. Ningún ser humano puede poseer un modelo estético para cada forma de realidad sobre las que en el transcurso de su existencia habrá de enfrentarse, por la sencilla razón de que su experiencia utilitaria es muy limitada. Gran parte de las cosas existentes quedan fuera de nuestra experiencia personal; solo la parte más cotidiana e inmediata de la realidad nos es asequible a la valoración utilitaria y, correlativamente, a la estética, que junto con los elementos estéticos de que se nos provee a través de nuestro condicionamiento social, forman nuestro repertorio de arquetipos estéticos, cuantitativamente importante pero insuficiente, forzándonos a su aplicación extensiva por analogía formal al resto de la realidad sobre la que no tenemos juicio valorativo formado.

Por esta razón ocurre con frecuencia que algo que consideramos como bello o feo sea inversamente malo o bueno, ya que los valores estéticos que les aplicamos han sido originados en formas similares de contenido distinto. Otro tanto sucede cuando sobre una misma realidad concurren simultáneamente los dos tipos de valoración estética referidos, el racional y el condicionado, pues ambas valoraciones pueden ser, a la vez, positivas o negativas; o una ser negativa y la otra positiva, ampliando en el primer caso la impresión de lo bello o lo feo; o provocar en nosotros una actitud contradictoria de complacencia o repulsión hacia una misma cosa, según sobre qué aspecto de la misma orientemos nuestra atención en el segundo caso.

Los valores estéticos originados en factores utilitarios se pueden considerar como culturales por cuanto son elaborados por la experiencia y, en consideración al tipo de motivaciones humanas que las engendran, podrían ser subdivididos en biológicos y en éticos-sociales.

IV

Expuestas así las cosas, si se me exigiera una definición sintetizada de lo que es Arte, podría atreverme a decir con las tolerancias que toda generalización pide y las insuficiencias que las palabras nos imponen, que Arte es la «exaltación de los rasgos» en que se expresan las cosas o elementos de la realidad cuando sobre ellos concurren determinadas circunstancias de especial interés humano, y también debería decir, para ser consecuente, que Arte es la manipulación intencionada de elementos estéticos expresados en una obra artística: un cuadro, una melodía, una poesía, una novela, una película, etc. La primera definición correspondería a la naturaleza de los valores estéticos y la segunda al trabajo que realizan los «artistas» con estos valores.

V La creación artística

Todos los seres humanos, en cuanto participan de una misma estructura biológica, poseen idéntico sistema de sensibilidad y se desarrollan en un medio físico-social similar, adoptan actitudes coincidentes, son en el modo en que estos elementos son aprehendidos por ellos y en la intencionalidad de esta aprehensión. De ahí nace la universalidad de la Cultura, de los valores estéticos y del Arte.

El hecho de que, en cierta medida, todos los hombres elaboren una misma escala de valoración estética, hace posible un lenguaje común sobre valores estéticos y la creación de obras conteniendo aquellos elementos estéticos inteligibles a todos.

Con la obra artística nace el artista. Este no puede crear nuevos valores estéticos porque al no ser compartidos serían gratuitos, pero debe poseer el suficiente conocimiento y habilidad para expresarlos. También puede aspirar a la creación de nuevas técnicas de expresión y al mejoramiento de las existentes.

Las formas o modos por medio de lo cuales pueden, expresarse los valores estéticos son muchos y, además, algunos de ellos pueden servir de vehículos expresivos de otros; sin embargo, en este terreno cada uno de ellos posee unos límites que vienen determinados por la naturaleza de sus «rasgos» o medios expresivos. Con la música por ejemplo, se ha intentado expresar desde las fuerzas de la naturaleza en acción hasta las pasiones humanas más opuestas, pero sólo con una información previa sobre el tema implicado es posible acceder a los ,valores incorporados. Lo mismo ocurre con las artes plásticas en algunas de sus tendencias más recientes o, en otro sentido, con el verso cuando se le priva de su musicalidad o con la imagen gráfica cuando se la despoja de la mayor parte de sus elementos expresivos.

Con todo y a pesar de los reparos y resistencias que pueden suscitar y suscitan las ‘ audacias en nuestros días, debe considerarse como legítimo todo intento de búsqueda de nuevas posibilidades de manifestación para cada forma o modo de expresión estética y de nuevas técnicas de realización. Su resultado debe conducirnos, cuando menos, a un mejor conocimiento de este fenómeno humano que es el Arte. Pero los esfuerzos tendentes al desarrollo de nuevas técnicas y modos de expresión estéticas deben ser cuidadosamente diferenciados de los valores estéticos que se intentan expresar en la obra artística, pues, es muy frecuente considerar como valor estético lo que es simple admiración de iniciado por la té nica o modo de realización empleado o por la intencionalidad extra artística de la obra, en detrimento de una justa valoración de los elementos estéticos en ella contenidos.

Publicado en Polémica, n.º 8, agosto 1983

El Ku Klux Klan era una asociación patronal

Chad Pearson

Dirigido por antiguos propietarios de esclavos, el Klan ejerció diversas formas de violencia para impedir que los afrodescendientes votaran, se educaran o protestaran.

Grabado de la década de 1860 que representa a dos miembros del Klu Klux Klan encapuchados y empuñando armas.

La Guerra Civil revolucionó las relaciones laborales del Sur. Los esclavizados huyeron de las plantaciones, se alzaron en armas contra sus brutales explotadores y forjaron nuevos horizontes políticos. El futuro parecía prometedor.

Sin embargo, para los propietarios de las plantaciones esta transformación fue una pesadilla: los trabajadores que tenían en régimen de esclavitud habían llevado a cabo una «huelga general», como la llamaría más tarde W. E. B. Du Bois, dejándoles económicamente vulnerables e intensamente agitados. Este grupo racista y revanchista no se limitó a lamentar sus derrotas: se organizó.

A lo largo de los años de la Reconstrucción, la clase dirigente sureña, en su mayoría basada en la plantación, se resistió ferozmente a la eflorescencia de la libertad de los negros. Los restrictivos Códigos Negros, las políticas favorables a los plantadores del presidente Andrew Johnson, los disturbios racistas en Memphis y Nueva Orleans y, sobre todo, el terrorismo generalizado del Ku Klux Klan demostraron brutalmente los límites de la emancipación.

Dirigido por antiguos propietarios de esclavos, el Klan ejerció diversas formas de violencia para impedir que los afrodescendientes votaran o asistieran a las escuelas, intimidar a los «carpetbaggers» del norte y garantizar, según un documento del Klan sin fecha, que los liberados «continuaran con su trabajo adecuado».

Las secciones del Ku Klux Klan, repartidas de forma desigual por muchas partes del Sur, prometían solucionar los problemas laborales más acuciantes de los plantadores. Tras conocer la organización, Nathan Bedford Forrest —antiguo comerciante de esclavos, principal carnicero en la batalla de 1864 en Fort Pillow y primer Gran Mago de la organización— expresó su aprobación por su secretismo, sus actividades y sus objetivos: «Es algo bueno; es algo condenadamente bueno. Podemos usarlo para mantener a los negros en su sitio».

Mantener «a los negros en su sitio» no era tarea fácil: los afrodescendientes abandonaban con avidez las granjas y las plantaciones, provocando una escasez generalizada de mano de obra. Alfred Richardson, un afrodescendiente de Georgia, observó que los plantadores seguían profundamente frustrados porque no podían «hacer su cosecha». Pero el KKK demostró ser una de las mejores herramientas de los empresarios sureños para imponer su voluntad con violencia.

Los problemas laborales de los plantadores

Durante décadas, los historiadores han debatido cuál es la mejor manera de caracterizar al KKK, una organización terrorista de supremacía blanca lanzada por veteranos de la Confederación que surgió por primera vez en Pulaski, Tennessee, en 1866, antes de extenderse por todo el Sur. Cientos de miles de personas se unieron a ella, aunque es prácticamente imposible obtener un recuento detallado de los miembros reales debido al gran secreto de la organización.

Sin embargo, hay muchas cosas que no se discuten: los miembros del Ku Klux Klan estaban estrechamente vinculados al Partido Demócrata y utilizaban la violencia —latigazos, ahorcamientos, ahogamientos, violencia sexual, campañas de expulsión— contra los afrodescendientes «insubordinados» y los republicanos de todas las razas. Los miembros del Ku Klux Klan también utilizaron formas de represión más «suaves», como la quema de escuelas y libros y la elaboración de listas negras de profesores del Norte. A veces se movilizaban para impedir que los afrodescendientes recibieran educación. Según Z. B. Hargrove, de Georgia, los miembros del Klan a veces azotaban a los liberados «por ser casi demasiado inteligentes».

El racismo unía a los miembros blancos del Klan sin importar las diferencias de clase, pero no todos desempeñaban el mismo papel en la organización. Los líderes del Klan estaban formados en su mayoría por propietarios de plantaciones, abogados, editores de periódicos y propietarios de tiendas, los más perjudicados por la transformación radical de la economía y las relaciones laborales del Sur.

Estos hombres estaban enfurecidos por el declive de su posición económica y el ascenso de los hombres negros a posiciones de poder político. Los hombres negros recién empoderados, se quejaba el líder del Klan de Carolina del Norte, Randolph Abbott Shotwell, habían ayudado al gobierno federal a acabar con «los derechos del amo» y a privar de derechos a «una gran proporción de los mejores y más capaces hombres de la raza naturalmente dominada».

Las élites resentidas como Shotwell y Forrest estaban decididas a restablecer su poder. Abundantes pruebas sugieren que el Klan de la época de la Reconstrucción funcionaba como una asociación patronal con objetivos que, en cierto modo, se parecían a los de otras organizaciones empresariales antilaborales.

Los líderes del Klan exigían que las masas negras cumplieran una función: participar en formas de trabajo agotadoras y brutalmente intensas que se asemejaban a la vida en las plantaciones antes de la Guerra Civil. Los miembros del Ku Klux Klan trataron de impedir que los afrodescendientes salieran de sus lugares de trabajo, participaran en reuniones políticas, se educaran, tuvieran acceso a armas de fuego o se unieran a organizaciones destinadas a desafiar a sus explotadores. Como dijo un observador de Georgia a un comité de investigación del Congreso en 1871, «creo que su propósito es controlar el gobierno del Estado y controlar la mano de obra negra, igual que hicieron bajo la esclavitud».

Mientras los miembros del Ku Klux Klan insistían en que las masas negras pasaran sus horas de vigilia plantando y recogiendo cosechas, muchos se negaban a creer que esos mismos trabajadores merecieran los beneficios económicos de sus esfuerzos. Según un informe de 1871 de Tennessee, con frecuencia «el empleador inventa alguna excusa y se pelea con el jornalero, y este se ve obligado a dejar su cosecha y abandonar su salario por el terror del Ku Klux, que, en todos los casos, simpatiza con los empleadores blancos». Estos casos se parecían más a la esclavitud que al sistema de trabajo libre prometido por la emancipación.

El Klan como asociación patronal

Pocos estudiosos han calificado al Ku Klux Klan de asociación patronal, y la mayoría de los historiadores del área han ignorado el Sur de la Reconstrucción. El importante libro de Clarence Bonnett de 1922, Employers’ Associations in the United States: A Study of Typical Associations, no menciona al Ku Klux Klan y se centra exclusivamente en las organizaciones dirigidas por empresas que se formaron en el Norte a finales del siglo XIX para contrarrestar el movimiento obrero cada vez más inquieto por la influencia de inmigrantes europeos anarquistas y comunistas.

Sin embargo, la definición de Bonnett es flexible y nos permite aplicarla a las acciones de las organizaciones de vigilantes de la Reconstrucción: «Una asociación patronal es un grupo compuesto por empleadores o fomentado por ellos y que busca promover los intereses de los empleadores en asuntos laborales. El grupo, en consecuencia, es (1) una organización formal o informal de empleadores, o (2) una colección de individuos cuya agrupación es fomentada por los empleadores».

Por supuesto, los miembros del Ku Klux Klan de la época de la Reconstrucción y las asociaciones patronales de la «Era Progresista» enmarcaron sus respectivas cuestiones laborales de forma muy diferente. Mientras que los miembros de las «alianzas ciudadanas» y patronales del Norte pregonaban la libertad de la que supuestamente gozaban los trabajadores industriales (es decir, de no afiliarse a los sindicatos), los miembros del Klan no tenían ningún interés en tratar de ganarse la legitimidad de las masas afrodescendientes.

Esto no quiere decir que las asociaciones patronales del Norte aceptaran los estallidos de descontento laboral. Ellas también utilizaron técnicas coercitivas y muchas veces violentas, incluyendo guardias privados y secuestros, palizas y ahorcamientos, y se beneficiaron de las rápidas intervenciones de la policía y la Guardia Nacional. Pero, desde el punto de vista retórico, las asociaciones patronales de la Era Progresista empleaban a menudo el lenguaje lincolés del «trabajo libre», señalando a las masas de trabajadores «libres» que lo mejor para ellos era trabajar diligentemente y cooperar con sus jefes. Los que optaban por caminos más conflictivos a menudo se encontraban con el despido y la inclusión en una lista negra (coercitiva, sí, pero muy diferente de lo que experimentaban los antiguos esclavos).

Los miembros del Ku Klux Klan hablaban sin tapujos el lenguaje de la dominación racial y de clase, y lo llevaban a cabo con una brutalidad extrema. Si medimos el número de asesinatos y palizas, el Klan fue mucho más violento que la mayoría de las asociaciones patronales del Norte. El historiador Stephen Budiansky ha calculado que los vigilantes blancos asesinaron a más de tres mil personas sólo en Alabama durante el periodo de la Reconstrucción.

No obstante, los miembros del Klan eran estrategas y empleaban amenazas, secuestros y latigazos para lograr los objetivos principales de las clases dominantes del Sur. Esto significaba impedir que los liberados acudieran a las urnas, disolver las reuniones políticas y asesinar a los hombres y mujeres más irremediablemente rebeldes. «Los asaltantes blancos», ha señalado el historiador Douglas Egerton, «no se limitaron a agredir a los negros por serlo». En lugar de ello, utilizaron la intimidación y la violencia contra lo que consideraban hombres y mujeres vagos, poco fiables, irrespetuosos y desafiantes.

Las acciones cruentas, como los latigazos y los ahorcamientos, servían a las necesidades de la dirección, ayudando a disciplinar a un número incontable de trabajadores. El cultivador de algodón de Mississippi Robert Philip Howell, por ejemplo, expresó su agradecimiento al Klan porque sus miembros le ayudaron a resolver sus problemas con los «negros libres» en 1868: «si no hubiera sido por su miedo mortal al Ku Klux, no creo que hubiéramos podido manejarlos tan bien como lo hicimos».

El hecho de que los blancos pobres y de la clase trabajadora participaran en las secciones del Klan tampoco significa que no debamos considerar al KKK como una organización patronal: lograr el control laboral casi siempre ha implicado la coordinación de grupos de participantes de distintas clases. Después de todo, las asociaciones patronales, en su mayoría con sede en el Norte, no habrían podido conseguir romper las huelgas y reventar los sindicatos sin las movilizaciones de los esquiroles durante los conflictos industriales.

El Klan, por tanto, era una asociación patronal especialmente despiadada y racista, pero no dejaba de ser una asociación patronal. Y fue brutalmente eficaz.

El miedo se apoderó de la clase trabajadora negra, mayoritariamente agrícola. Aunque los negros de todo el Sur ya no eran «propiedad», la amenaza de la violencia organizada por el Klan se cernía sobre ellos. Demasiados pasos en falso, incluyendo formas sutiles y manifiestas de insubordinación, podían llevar a encuentros indeseados con encapuchados seguidos de amenazas, palizas e incluso la muerte. Los miembros del Ku Klux Klan eran los encargados de hacer cumplir la ley, asegurándose de que las masas mantuvieran la cabeza baja y trabajaran de forma eficiente.

Algunos liberados aún se unieron a organizaciones de resistencia como las Ligas de la Unión. Estas organizaciones, aliadas de los republicanos, eran activas en estados como Alabama, donde sus miembros celebraban reuniones, movilizaban a los votantes y, a menudo, se armaban, actividades muy alejadas de sus deberes «apropiados» en el lugar de trabajo.

Pero en respuesta, los miembros del Ku Klux Klan conspiraron entre ellos antes de asaltar las casas de los miembros de la liga, azotando a los residentes, arrebatándoles sus armas y exigiéndoles que se mantuvieran alejados de las cabinas de votación. Solo perdonaban vidas cuando sus objetivos prometían abandonar las ligas. Tan solo en Alabama, los miembros del Klan asesinaron a unos quince miembros de la liga entre 1868 y 1871.

«Contrarrevolución de la propiedad»

Garantizar que los afrodescendientes permanecieran atados (a veces literalmente) a las granjas, plantaciones y otros lugares de trabajo mientras recibían una escasa compensación, cuando la recibían, era uno de los objetivos centrales de las élites del Sur, las mismas personas que se beneficiaron de la esclavitud antes de la Guerra Civil. Mientras los blancos de todas las clases se unían a las ramas del Klan —y participaban con entusiasmo en los ataques contra los maestros del Norte, los administradores de la Oficina de la Libertad y los miembros de la Liga de la Unión—, las élites eran las que llevaban la voz cantante.

Se trataba de una «contrarrevolución de la propiedad», como dijo W. E. B. Du Bois. Los reformistas de la época de la Reconstrucción no consiguieron proporcionar una auténtica libertad a los antiguos esclavos, escribió, en parte «porque la dictadura militar que había detrás del trabajo no funcionó con éxito frente al Ku Klux Klan». Al igual que las asociaciones patronales del Norte, el KKK luchaba por los intereses de los miembros más poderosos de la sociedad, infundiendo violencia y terror en nombre de los empresarios agrícolas.

Debemos apreciar los avances emancipadores de la Guerra Civil sin perder de vista las formas en que la clase dominante del Sur luchó para aferrarse al poder. Lo hicieron en parte desempeñando papeles de liderazgo en el Klan y apoyando activamente a las numerosas organizaciones racistas de vigilancia que exigían la subordinación laboral.

Al destacar sus intereses fundamentales de clase, podemos entender mejor las razones de sus actos estratégicos de terror. Estos hombres perdieron quizá el conflicto más significativo en la historia de EEUU, pero no dejaron de luchar contra las fuerzas modernizadoras del capital del norte.

jacobinlat.com / La Haine

El retorno del Rey campechano

Álvaro MILLÁN

Si algo ha dejado claro el emérito Juan Carlos en su reciente visita es que los tiempos del «lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir» ya han pasado a la historia. Ahora estamos en una nueva etapa que se caracteriza por el «¿explicaciones de qué? Ja, ja, ja», que viene a ser algo parecido a «hago lo que me da la gana y si no os gusta os aguantáis». Un cambio de estilo —de la campechanía a la arrogancia— que, si bien a algunos parece haberles cogido desprevenidos, la verdad es que, si se piensa con algo de detenimiento, tiene toda la lógica del mundo.

En primer lugar, a estas alturas, ¿qué explicaciones podía dar? Y, en definitiva, ¿para qué se iba a molestar en darlas? Estamos hablando de un sujeto amortizado, que ya ha cumplido su misión en la historia y al que no le queda más que desaparecer de la escena con mayor o menor gloria. ¿Para que molestarse en intentar mejorar su imagen? Es mucho más lógico que se deje llevar por la cólera. Al fin y al cabo, siendo todo un rey, está refugiado en un desierto, no tiene más remedio que aguantar la mofa y el escarnio del populacho, tiene que llegar e irse de su propio reino con disimulo y casi por la puerta de servicio, y no puede ni hacerse una foto con su hijo ni llamar a Corina, porque ya no le coge el teléfono. El «¿explicaciones de qué? Ja, ja, ja» es el único gesto de «dignidad» que puede permitirse para seguir sintiéndose «un rey».

Los monárquicos de toda la vida se habrán sentido orgullosos de ver cómo un rey «de verdad» —es decir, sin limitaciones constitucionales— se pone en su sitio y pone a sus súbditos en su lugar. Los monárquicos vergonzantes —los que antaño decían que no eran monárquicos sino «juancarlistas»—, dicen sentirse decepcionados, pero saben perfectamente que las explicaciones hubieran sido mucho peor que el desplante. Y la gente, en general, está muy, pero que muy cabreada… Ya veremos en qué desemboca la ira acumulada. Nunca se sabe…

Lo que debemos preguntarnos ahora es cuándo darán explicaciones los responsable de las fechorías del emérito durante todos estos años. Porque es evidente que no actuó solo ni a escondidas. Lo sabían los gobernantes que lo permitieron, los medios de comunicación que lo ocultaron, los fiscales que no lo acusaron, los jueces que no lo sentaron en el banquillo, los empresarios que participaron en sus trapicheos a cambio de buenos beneficios, la Agencia Tributaria que lo ayudó a «regularizar» sus fraudes no prescritos al fisco; es decir, todos aquellos que han detentado el poder en este país a lo largo de este casi medio siglo, podemos llamarles casta, oligarquía o como se quiera, en definitiva, son el bloque de poder que lleva rigiendo los destinos de este país desde hace siglos, la banda de chorizos que se ha comido todo el pan disponible.

Pero, en lugar de explicaciones, lo que preparan ya es un relato en el que Juan Carlos aparezca solo como un lamentable accidente en nuestra limpia historia democrática, ya superado por su hijo Felipe, que no ha heredado ninguno de los vicios del padre, y que reinará desde la virtud y la justicia. Y ya más adelante, cuando se calmen los ánimos y se olviden las fechorías, volveremos a oír hablar del «rey que nos trajo la democracia», que «nos salvó del 23-F» y de todas esas leyendas que han adornado el casi medio siglo de historia pasada, y con las que intentarán construir otro medio siglo más de infamia… si la ira acumulada no lo remedia…

Guerrilleros: Mario Rodríguez Losada

Antonio Téllez

«Una de las partidas guerrilleras que se destacó en Galicia por su ferocidad y salvajismo, a partir de 1941, fue la formada por Mario Rodríguez Losada (Langullo). Quince asesinatos y más de medio centenar de atracos arroja su historial» (del libro El maquis en España, del teniente coronel de la Guardia Civil Francisco Aguado Sánchez)

Antonio Téllez junto a Mario Rodríguez

Mario Rodríguez Losada falleció repentinamente en la tarde del 7 de julio de 1986, a los 73 años de edad, en la localidad valdeorresa de Seadur, del Ayuntamiento de Larouco, aldea próxima a Rúa Petín (Orense).

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