Guerrilleros: Mario Rodríguez Losada

Antonio Téllez

«Una de las partidas guerrilleras que se destacó en Galicia por su ferocidad y salvajismo, a partir de 1941, fue la formada por Mario Rodríguez Losada (Langullo). Quince asesinatos y más de medio centenar de atracos arroja su historial» (del libro El maquis en España, del teniente coronel de la Guardia Civil Francisco Aguado Sánchez)

Antonio Téllez junto a Mario Rodríguez

Mario Rodríguez Losada falleció repentinamente en la tarde del 7 de julio de 1986, a los 73 años de edad, en la localidad valdeorresa de Seadur, del Ayuntamiento de Larouco, aldea próxima a Rúa Petín (Orense).

Su padre, Juan Rodríguez Rodríguez, nacido en 1887 en San Pedro, del municipio de Manzaneda (Orense) era un hombre bondadoso, de tradición socialista y de gran rectitud moral, que después de las elecciones del 16 de febrero de 1936, fue concejal y luego alcalde de Manzaneda, cargo que ocupó poco tiempo pero que bastó para sanear las finanzas del Ayuntamiento —que presentaban irregularidades—, con lo cual se creó algunos enemigos irreductibles. A los pocos meses de estallar la sublevación militar del 18 de julio, el 10 de abril de 1937, fue detenido y asesinado por los franquistas en Langullo, de la misma provincia.

En 1910, después de hacer su servicio militar, Juan Rodríguez se marchó al Brasil, donde se casó con una paisana, Arsenia Losada, natural de Sobrado (Lugo). La pareja regresó a Galicia y poco después, el 29 de septiembre de 1913, nacía en San Pedro su primer hijo, Mario, y 15 meses más tarde una hija, Anuncia.

Mario todavía no había cumplido los dos años cuando sus padres se marcharon de nuevo al Brasil, dejando a los hijos con los abuelos paternos en San Pedro.

El chico frecuentó la escuela de Cesures, que era parroquia, de los siete a los trece años, fecha en que se fue a vivir con sus padres a Langullo, donde hacía unos años habían regresado de América y se habían construido una casa y un molino.

Cuando Mario cumplió los 15 años, amante de independencia, se marchó a Bilbao, donde vivía un primo, y allí trabajó en una fábrica de cemento y en la Estación del Norte como peón de albañil. Intervino en algunas huelgas que le llevaron a ser recluido en la cárcel. Después de cumplir el servicio militar regresó a Langullo, donde, en 1935, también se destacó en algunos conflictos laborales de la provincia.

Su actividad de guerrillero antifranquista comenzó exactamente el 25 de julio de 1936, cuando todavía no había cumplido los 23 años, y abandonó España para exiliarse en Francia el 29 de agosto de 1969. Actuó en las provincias de Orense, Lugo y León.

Mario, cuando abandonó España en 1969, se instaló en Nogent de Vemisson (Loiret), donde nos entrevistamos con él, por primera vez, en agosto de 1976. Luego, repetidas veces en mi domicilio de París. En diciembre de 1977, hizo un viaje a Madrid para resolver algunos asuntos oficiales y en 1979 regresó definitivamente a su Galicia natal. Unos tres meses después de su regreso fuimos a visitarlo a Ponferrada (León), donde había elegido residencia provisional.

Por consiguiente, tuvimos ocasiones para hablar bastante de sus años de fuxido y de guerrillero y hoy presentamos aquí uno de sus muchos relatos, que esclarecen la vida y la muerte de hombres que lucharon contra el régimen franquista, primero por su propia supervivencia y también con la esperanza de contribuir al derrocamiento de la dictadura.

Estas son, pues, sus palabras palpitantes y directas, como su propia vida.

Poco después de morir mi madre en noviembre de 1940, pues hasta entonces mi actuación había sido muy discreta para no perjudicarla, y de vengar el asesinato de mi padre dándole

su merecido al que fue su principal instigador, Manuel Cereixo, párroco de Cesures, enlacé con los hermanos de Soulicín, término de Valdeorras (Orense), que eran cuatro varones y dos mujeres: Rogelio, Sebastián, Alfonso, Domingo, Antonia y Consuelo Rodríguez López, los tres últimos menores de edad. Todos ellos fueron guerrilleros.

A Rogelio no lo conocí, porque junto con otros dos hombres fue detenido unos meses antes en Portugal, después de defenderse a tiros y matar a uno o dos guardias. Rogelio, un tal Constantino —herido en una pierna— y el tercero que creo que se llamaba Gerardo Santos, fueron capturados y entregados a las autoridades españolas. Después de pasar por la cárcel de Orense, fueron ejecutados en La Coruña el 2 de octubre de 1941.

Al tener relación con los hermanos de Rogelio, hicimos todo lo posible para hacerles llegar tres pistolas en piezas desmontadas y una o dos bombas. Las mujeres eran las encargadas de hacerles pasar las armas, pero un día descubrieron las piezas incompletas que habían recibido y fueron trasladados a La Coruña.

Con Sebastián actué bastante. Una vez nos reunimos tres partidas, la mía, la de Evaristo González Pérez (Roces) y la suya, unos 16 hombres en total, para asaltar el autovía que iba a Vigo. Lo hicimos en la temporada de las vacaciones, cuando en el autovía solo viajaba gente rica o personal del ejército; ni por casualidad se corría el riesgo de encontrar en él un solo obrero o campesino.

Rogelio, al estallar la sublevación, cumplía su servicio militar en La Coruña, y formó parte de una de las columnas que avanzó hacia Oviedo, pero en Asturias se pasó a la zona republicana y luchó contra los rebeldes hasta la caída del Norte. El Sebastián estaba en el ejército franquista.

Rogelio regresó a su casa por el monte y una vez que Sebastián llegó al pueblo de permiso se encontró con el hermano, quien, sin duda, lo incitó a desertar. Eso sería a primeros de 1939. La Guardia Civil fue a buscarlo a Soulicín. Registraron toda la casa y pidieron a la familia una escalera para visitar el desván (faiado) debajo del tejado. Sebastián no estaba allí, pero cuando un guardia asomó la cabeza, Rogelio le descerrajó un tiro. Con la muerte del uniformado, Rogelio y Sebastián se lanzaron al monte.

Los guardias detuvieron a los padres y a Consuelo, menor de edad, saquearon la casa llevándose cuanto en ella había, desde el ganado y las gallinas hasta la vajilla y las sábanas. Antonia y Domingo tuvieron que ser recogidos por los vecinos.

Antonia fue detenida poco después por mantener contacto con sus hermanos huidos. Meses más tarde toda la familia fue puesta en libertad, y para poder sobrevivir y reconstruir el hogar devastado tuvieron que vender algunas tierras.

A Alfonso lo molestaban constantemente y un día, ya cansado, también se lanzó al monte.

En el mes de octubre, al ver los franquistas que no podían dar con el paradero de los hermanos, enviaron a Soulicín importantes fuerzas que cercaron la casa de los Rodríguez. Después de encerrar a los chicos en el establo, se llevaron a los padres y los asesinaron en la salida del pueblo. Una vez más, saquearon la casa y los huérfanos quedaron en la más completa miseria. No permitieron que los padres fueran enterrados en el cementerio. Fue uno del Tercio el que salió voluntario para matarlos. ¡Más tarde fuimos a por él!

Un día de 1942, yo, Sebastián, Bernardino García y Sarín, que era asturiano, fuimos al pueblo de Borruga, de unos 100 habitantes, del municipio de Manzaneda (Orense), del cual dista unos cuatro kilómetros. Allí conocía yo una casa donde había parado varias veces. Estaba habitada por dos hermanos, Lisardo y Ventura, junto con la madre. Lisardo había luchado en el bando republicano hasta que se perdió el Norte. Después, como otros muchos, llegó a Galicia por el monte. En su casa construyó un refugio por si algún día iban a registrar y allí vivió sin que nadie sospechara nada hasta que terminó la guerra civil. Luego se presentó y pasó algún tiempo en la cárcel. Hacía poco tiempo que se había casado y allí también estaba su mujer.

Ventura era cartero y cuando nosotros llegamos, al despuntar el día, él salía hacia Trives para buscar el correo. Nos acostamos en seguida y allí fue donde, por casualidad, nos sorprendió la Guardia Civil cuando todavía estábamos en el primer sueño.

Resultó que allí cerca había un colmenar —unas 300 colmenas—, pero noche tras noche robaban la miel hasta dejarlo «castrado». Se había presentado una denuncia y fue aquel día cuando llegó la Guardia Civil para investigar. Registraron el pueblo casa por casa. Cuando llegaron a la nuestra fue a abrir la mujer de Lisardo, que todavía estaba en la cama, pero al ver que eran los guardias, en vez de abrir atrancó la puerta y subió corriendo a avisarme. Me tiré de la cama, me puse los pantalones y no encontré las botas; alguien las había cambiado de lugar al ver que estaban empapadas de agua cuando llegué. Miré por la ventana, no vi a nadie y por allí me lancé descalzo. Un pequeño sendero conducía a un pajar —que ya habían registrado los guardias—, que tenía una pequeña bodega debajo, que es donde dormían Sebastián y Sarín. Me metí en el pajar y por una puertecita podía divisar dos caminos, uno que pasaba por arriba y otro por abajo, que iban a parar al que venía del pueblo. Me quedé quietecito pensando que todo se arreglaría cuando los guardias hablaran con Lisardo.

De repente oí una explosión. Era Sebastián quien desde la bodega había arrojado una bomba al patio, aunque Sarín no quería. En realidad se precipitó, debía haber esperado a que los guardias se acercaran allí, si es que lo hacían. Momentos después, Lisardo llegó junto a mí. Entonces le dije a Sebastián que saliera de la bodega y que se apostara en una escalera para vigilar el camino de arriba mientras yo hacía lo mismo con el de abajo. Allí se situó tranquilamente, arrimado a la puerta de la casa, vigilando atentamente. En eso salió Bernardino García, atolondrado, ciego diría yo, y en cuanto entrevió un bulto disparó y yo vi a Sebastián levantar el puño y caer como herido por un rayo. Allí quedó su pistola ametralladora, su mochila con el dinero, todo…

Los guardias, parapetados detrás de los troncos de los castaños, se pusieron a disparar sin escatimar la munición. Sarín, que también tenía una pistola ametralladora, contestaba con un fuego de mil diablos. Una bala de los guardias atravesó la chaqueta de Bernardino, que se había reunido con nosotros, rebotó en la hebilla del cinturón y le destrozó un dedo de la mano.

Logramos escapar de allí. Luego, los guardias se atribuyeron la muerte de Sebastián. Lisardo se marchó con nosotros. A Bernardino, con mi navaja, tuve que amputarle el dedo hecho papilla.

Ventura, el hermano de Lisardo, a pesar de haberse enterado de lo ocurrido, en vez de escapar, prefirió volver a su casa. Fue detenido por un falangista en la entrada del pueblo y entregado a la Guardia Civil. El capitán que conducía la fuerza, al verlo, sacó la pistola y le pegó un tiro, delante de su madre y de los vecinos del pueblo que se habían congregado en el lugar de los hechos. Su cadáver quedó tendido junto al de Sebastián.

Bernardino un día se marchó a Portugal con otros cuatro o cinco, entre ellos Sarín. En un pueblo intentaron robar a un tipo que se dedicaba a traficar con la moneda, pero les salió mal porque el hombre se defendió. Bernardino se había quedado delante de la puerta y al oír los tiros dentro de la casa se atolondró y, con su poca cabeza, hizo lo mismo que en Borruga, al primero que salió por la puerta lo cosió a balazos. Resultó que mató a Sarín, el asturiano, su compañero. Él también terminó trágicamente. El 21 de diciembre de 1946, junto con otros dos que se llamaban Demetrio Álvarez y Juan Salgado, fueron cercados por la policía en una casa cerca de Cambedo (Portugal). Sus compañeros pudieron huir, pero él se defendió hasta agotar la munición y se disparó la última bala en la sien.

Domingo Rodríguez, aunque joven, era constantemente acosado y un día también se lanzó al monte. Murió en una emboscada que le tendieron cerca de su pueblo, en 1947.

En 1945, Antonia y Consuelo fueron detenidas y pasaron unos cuantos meses en la cárcel. Al ser liberadas se reunieron con sus hermanos guerrilleros.

Alfonso murió en 1949, en un combate con la policía, cerca de Fabero, Ponferrada.

Las dos hermanas sobrevivieron.

Cualquier apostilla o comentario a este crudo y verídico relato, puede resultar superfluo e innecesario. Solamente creo oportuno destacar que esta que puede parecer sorprendente mezcla de reacciones brutales hacia sus perseguidores directos y sus solapados instigadores, junto a los impulsos generosos hacia las gentes humildes y el sacrificio hacia sus propios compañeros, eran comunes en la legendaria odisea de los muchos grupos de guerrilleros, acosados y perseguidos constantemente como alimañas, que no vacilaban en arriesgar sus vidas en la callada y sorpresiva lucha contra un régimen que, al negarles toda posibilidad de vivir como personas libres, les convertía forzosamente en ciegos vengadores de su propia situación y de la de tantas y tantas víctimas de la siniestra dictadura que ensombreció largamente el solar hispano.

Publicado en Polémica, n.º 28, mayo 1987